
06.08.2007
:: Curso para ser columnista
Fuente: lapaginadefinitiva.com
El rutinario reporterismo, la disipada vida del corresponsal
de guerra, el aburrimiento de las ruedas de prensa o la minuciosa
labor de destrucción del lenguaje llevada a cabo por los
especialistas en deportes no componen toda la oferta que el mundo
del periodismo pone a disposición de aquellos que han nacido
sin el talento o la honradez suficiente como para dedicarse a la
fontanería, al funcionariado o al cuidado de los jardines.
En efecto, existe un importante hueco para aquellos que quieren
escribir en los periódicos trabajando aún menos que
los anteriores informadores: el columnismo (antiguamente llamado
articulismo). Podemos considerar esta labor como la más perfecta
del periodismo actual, puesto que no hay ni que aparecer por la
redacción y exige tan sólo una dedicación parcial.
Se trata sin duda del chollo del día en el mercado de la
comunicación. Si nosotros sabemos esto también lo
sabe el vecino, así que la competencia es dura. No se apure,
a continuación allanaremos el camino para que usted, querido
lector, tenga una columna diaria o, como mínimo, tres a la
semana (pongamos el martes, jueves y sábado para evitar cualquier
tipo de actividad el fin de semana).
Qué es una columna.- El periodismo
de hoy ha perdido las batallas de la inmediatez y la diversión,
así que sólo le queda una salida para competir con
tele, radio e internet: la publicidad. Los espacios en blanco que
deja la publicidad tienen que ser rellenados. Por mucho que se estiren
las noticias y reportajes, éstas no llegan a ocupar esos
“agujeros”. Una opción es decorarlos con palabras
puestas de manera aleatoria, pero el lector, si por casualidad ese
día sale de la sección deportiva y de los anuncios
de prostitutas, podría percatarse de que lo escrito no corresponde
exactamente a su idioma. Para eso están las columnas, un
pretexto como otro cualquiera para que las hojas de la publicación
estén más o menos repletas de letras y la publicidad
tenga un acompañamiento.
Qué es un columnista.- El columnista
o articulista es aquel que se dedica a dar su opinión en
los mencionados huecos tan difíciles de ocupar. La razón
de que opine no obedece a una necesidad intelectual de la sociedad,
sino al descarte. Si quitamos los contactos, los crucigramas, la
parrilla televisiva, las diversas secciones del periódico
(muchas de ellas analizadas aquí con anterioridad), las fotos
y demás, no queda otra cosa.
Hacia la columna.- Para ser columnista
lo principal, evidentemente, es tener una columna. ¿Cómo
conseguirla? Hay varias maneras. La primera es ser periodista, profesionales
que curiosamente no tienen fácil el acceso a esta labor,
ya que sus obcecados superiores se empeñan en que se dediquen
a las otras tareas necesarias para hacer un periódico, como
elaborar noticias, reportajes o el horóscopo. Otra opción
es desarrollar algunas de esas profesiones que sólo pueden
considerarse prestigiosas en una sociedad claramente degradada,
como profesor universitario, economista o abogado. Una sólida
carrera en esos oficios asegura al menos una oportunidad. Tercera
opción: la literatura. No hablamos de que tengamos que ser
novelistas de prestigio, basta con ganar el concurso de poesía
del barrio o que la diputación provincial nos haya publicado
un tomo sobre repostería autóctona para poder asaltar
la ansiada columna. Si usted, querido lector, abandonó los
estudios poco después de aprender a multiplicar (sin decimales)
no se preocupe. El envío masivo y diario de cartas al director
puede proporcionarle alguna buena ocasión por hartazgo del
personal del periódico. Quizá este epígrafe
debiera haberse desarrollado de manera negativa, para ahorrar tiempo.
¿Quiénes no pueden ser columnistas?: los ornitorrincos.
Si es usted un ornitorrinco quizá sea mejor que deje de leer.
El carácter del columnista.-
Ya hemos visto que casi cualquiera puede optar a tener una columna,
pero la competencia es enorme. La labor del columnista, que ya implica
una visión muy particular de la existencia, no resulta adecuada
para aquellos que buscan “realizarse” en su profesión,
sino precisamente para eludir la actividad laboral. Esperemos que
este epígrafe sirva de criba natural: absténganse
de seguir leyendo todos aquellos cuyo principal sueño no
sea dormir diez horas diarias (no contamos la siesta). Si tiene
alguna ambición verdadera y fundamentada, el articulismo
no es para usted: ni ganará lo suficiente ni se sentirá
reconfortado al terminar la jornada.
El decálogo del columnista.-
Retomamos del epígrafe anterior algo que posiblemente haya
alarmado a algunos. En efecto, el columnismo no nos hará
ricos. Se trata de una actividad encaminada a disfrutar de la vida,
es decir, de todo aquello que se encuentra al margen del trabajo.
Por eso este curso están enfocado hacia todos aquellos que
quieren, en principio, compaginar su profesión, sea la que
sea, con el articulismo, pero cuyo objetivo final es dedicarse exclusivamente
a la opinión periodística. ¿Qué entendemos
por dedicarnos exclusivamente a la opinión periodística?:
nunca más de 12 horas semanales. Para conseguir este estado
paradisíaco debemos tener en cuenta los siguientes puntos
(algunos de ellos sirven también para la fase previa a tener
una columna):
I. Hay que evitar las faltas de ortografía. No es lo mismo
‘b’ y ‘v’, la ‘h’ es muda. Con
respecto a la ‘g’ y la ‘j’ no hay problema,
en caso de confusión el columnista optará por ‘j’,
siempre manifestando, ojo, que se trata de un homenaje a Juan Ramón
Jiménez. El resto de reglas ortográficas se sortean
memorizando la “fisonomía” de unas 150 o 200
palabras, como si fuera la tabla periódica. Con esos vocablos
tendremos más que suficiente, y no hace falta entenderlos.
El objetivo de carecer de faltas es dar buena impresión ante
el medio, que por otra parte tendrá los oportunos becarios
para corregirnos. Así que tampoco vayamos a ansiarnos.
II. No debemos tener apenas conocimientos sobre economía,
política o relaciones internacionales, puesto que el estado
ideal del columnista es la pureza. La cultura y la formación
siempre pueden dañar la ingenuidad necesaria para desarrollar
con fluidez el siguiente punto.
III. Éste es el punto que hemos mencionado justo arriba.
El columnista no es un literato, sino un actor. Debemos pontificar
sobre lo humano y lo divino, ofreciendo al lector la apariencia
de que estamos documentados y dominamos cualquier asunto. Aquellos
temas que desconozcamos por completo son los mejores para desarrollar
nuestra prosa, que se encontrará con un territorio virgen.
Por eso lo reflejado en el punto II: la cultura sólo conduce
a la indeseable especialización, y de ahí al ensayo
hay un paso (recuerden que un ensayo tiene al menos 250 páginas,
con lo que nuestro estilo de vida se va al traste). Recapitulemos:
el columnismo es un espectáculo, y el show debe continuar.
IV. Los miembros del consejo de administración del periódico
son nuestros dioses, el director su enviado en la Tierra. Esto quiere
decir que jamás contradiremos la línea editorial de
la publicación, salvo cada tres meses (y en perfecto acuerdo
con nuestros superiores), con el propósito de poder manifestar
que la publicación X da libertad a sus columnistas hasta
para contradecir su línea editorial.
V. Hay que evitar el estilo propio al escribir. No queremos pasar
a la historia, sino mantenernos económicamente dando los
menos palos al agua posibles. La falta de estilo nos permite tratar
multitud de cuestiones con cualquier tono que vaya de la fina ironía
a la solemnidad de postín, de la escatología al breve
estudio filosófico, del chascarrillo a la musicalidad poética.
De esta manera podemos adaptarnos a cualquier director, tanto de
nuestro periódico (si se produjesen cambios) como de la competencia
(que siempre puede realizar jugosas ofertas). Además, esta
ausencia de personalidad posibilita la creación de heterónimos
muy variados con los que mantener polémicas y acaloradas
discusiones en la sección de cartas al director, algo que
entusiasmará a los mandamases, sobre todo en épocas
en las que estemos algo bajos de inspiración, bien por el
cansancio o por el agobio que produce el miedo al documento de Word
en blanco.
VI. La libertad supone un grave obstáculo para el columnista,
que ha de actuar como un camaleón. De este postulado se deriva
otra característica básica: no tendremos ideología
(y a ser posible también pocas ideas). Si nos llama un medio
de la derecha más retrógrada nos convertiremos en
rancios fascistas. Si nos llama la izquierda más intolerante
nos convertiremos en rancios fascistas. Recuerden nuevamente que
somos mercenarios de la hamaca y el pai-pai. Si a alguien no le
gustan nuestros principios los cambiaremos como buenos marxistas
(de Groucho).
VII. Para hacernos creíbles en determinados ambientes debemos
confeccionar una estética del articulista, fundamentada sobre
todo en una palabrería tan vacua como efectiva, toda ella
henchida de metacolumnismo, o sea, la columna dentro de la columna.
A la mínima que podamos espetaremos frases del tipo: “la
columna es un género híbrido que combina la síntesis
de la poesía, el ritmo del relato y la actualidad del periodismo”.
O bien: “muchos novelistas son pésimos columnistas,
también hay columnistas que se desfondan en las grandes distancias,
la columna supone un género en sí misma”. Una
más muy útil: “escribo mi columna donde ella
me lo exija, unas veces en casa, otras en la redacción, donde
te beneficias del contacto con los compañeros, pero muchas
veces las he escrito en servilletas o no he tenido más remedio
que improvisarlas por teléfono”. En este apartado entran
también las menciones a otros columnistas. Resulta básico
que nombremos con frecuencia a González Ruano y Julio Camba,
al parecer articulistas de prestigio del periodo churrigueresco,
e incluso que nos aprendamos de memoria algunas de sus citas (están
en el Google). Atención: no puede faltar la mención
a Umbral (el de la fotito de por detrás de El Mundo). Alabaremos
siempre su estilo diciendo cosas como que “su prosa ha creado
un lenguaje personal guste o no guste”.
VIII. El columnista nunca debe cometer el gravísimo error
de considerar inteligentes a los lectores, esa masa informe y fácilmente
manipulable. Por ello, y a pesar de que podamos escoger un amplio
abanico de temas, siempre intentaremos tratarlos de forma maniquea,
es decir, procurando que nuestro público se divida en tigres
y leones, blancos y negros, izquierdosos y derechosos, síes
o noes, a nuestro favor o en nuestra contra. Para ello basta apelar
a los más bajos instintos futbolísticos, a algunos
conceptos políticos que se dan en el colegio, al feminismo
o machismo de chiste, o bien a que la juventud está perdiendo
los valores. Estos argumentos se pueden meter, con o sin calzador,
en cualquier instante. Recordemos que tan importantes como nuestros
incondicionales son los detractores acérrimos, que con sus
protestas e insultos nos fortalecerán ante el director.
IX. Cada cierto tiempo resulta conveniente soliviantar a un columnista
de otro periódico. Para ello nada mejor que escoger a alguno
de los novelistas frustrados que pululan por el oficio de opinador,
ya que suelen ser muy irascibles (intentan trascender, y eso estresa).
Los insultos que debemos emplear equivalen a los infantiles “gafitas”,
“cuatro ojos” y “capitán de los piojos”.
En el mundo del articulismo se suelen reflejar mediante frases de
este jaez:
a) “Es un perro faldero al servicio de su editor” (esto
que a nosotros nos enorgullece ser, a ellos, aún siéndolo
también, los pone de los nervios). Equivale a gafitas.
b) “Su prosa es puro adorno al servicio de la nada”
(esto también es un mérito como saben, pero los “artistas”
lo llevan fatal). Equivale a cuatro ojos.
c) “La mitad de las veces habla de varias cosas sin que haya
hilo central, y no se entiende lo que quiere decir, eso sí,
adjetiva con primor” (esto supone ya un ataque frontal). Equivale
a capitán de los piojos.
Una vez más, este tipo de enemigos fortalecerán nuestra
posición en el medio en que trabajemos y, sobre todo, conseguirán
que hagamos amigos en el grupo de enemigos de nuestros nuevos enemigos.
Vamos, que conseguiremos suculentas ofertas a la postre. Además,
tales batallas nos darán el tema hecho durante días.
X. Santificarás las fiestas.
Pequeños trucos del columnista.-
La intensa actividad intelectual a la que estaremos sometidos y
las consecuencias, seguramente perniciosas, de lo que haremos en
nuestro cuantioso tiempo libre, pasan factura. Por eso no siempre
será fácil elegir tema. Una alternativa, y de ella
salen algunas de las mejores columnas, es dejar la mente en blanco
y abandonarse a la escritura automática. Otra, plagiar a
cualquier colega (para que no se note mucho consultaremos periódicos
de días anteriores). También se puede plagiar a cualquier
responsable de un ‘cuaderno de bitácora’ de internet,
plebe absurda que se dedica al articulismo de manera gratuita y
durante sus periodos de ocio (nuestros antagonistas). Como hay cientos
de miles de ‘blogs’ no pueden pillarnos a poco que reestructuremos
el texto.
La consolidación de nuestra carrera:
el libro.- No nos cansaremos de repetir que nuestro objetivo
se centra en mantenernos en este oficio, que debido a la idiosincrasia
de la industria de la comunicación puede ser algo inseguro.
Estamos sujetos a los caprichos de los jefes y obstaculizados por
las zancadillas de propios y extraños, por no hablar de todos
los que pujan para escribir en nuestro hueco. Mientras nos hacemos
con un sitio dando codazos (figurados o literales) por doquier,
tenemos que tener en mente el volumen de recopilación de
nuestras mejores columnas. ¿Qué entendemos por “mejores
columnas”?: las 125 primeras. El efecto que una antología
produce en el gremio nos dará un respiro de años,
durante los que nuestro puesto no peligrará. Para rematar
la jugada tendremos que ir pensando en otro libro durante ese periodo
de descanso. Nada mejor que uno “de naturaleza extraña”
que muestre un espíritu renacentista, por ejemplo un volumen
de haikus u otro sobre cine, materia muy socorrida (a modo de ‘Las
películas que me hicieron’ o algo así). Una
vez conseguido todo ello es probable que alcancemos la chochez y
sigamos escribiendo, como algunos de los más prestigiosos
columnistas de la actualidad. Si encima obtenemos un premio, como
el Mariano de Cavia o el, otra vez aquí este tipo, González
Ruano, hasta podríamos tener un nivel de vida semejante al
de un cirujano de provincias. Por este motivo, adjuntamos un test
para terminar.
Test: ¿Ganará como columnista
el Mariano de Cavia o el González Ruano?
1. Un amigo se muda a otro piso y le pide ayuda para llevar algunos
trastos:
a) Soy amigo de mis amigos, estoy allí al instante.
b) Me hago el remolón y llego cuando sólo queda la
tostadora por trasladar.
c) Me encierro en casa unos días y bajo las persianas para
fingir un viaje.
2. Un ciudadano con problemas solicita que empuje su coche:
a) Empujo el automóvil con todas mis fuerzas.
b) Recluto gente para que me ayude y empujo débilmente.
c) Alego que tengo una lesión, hago que empuje el tipo y
que me lleve a casa cuando arranca el coche.
3. Se le presentan varios temas posibles para su columna:
a) Opto por un problema del barrio donde vivo.
b) Opto por las rencillas parlamentarias.
c) Opto por escribir sobre el gran colisionador de hadrones y la
teoría de las supercuerdas.
4. Tiene un mal día y no se le ocurre tema:
a) Me estrujo el cerebro y, mal que bien, logro una columna aceptable.
b) Repito, cambiando algunos párrafos, una columna que publiqué
el año pasado.
c) Hago una mezcla de varios comentarios de lectores de ‘weblogs’
y a correr.
5. Debido a que su columna tiene cierto éxito, un poderoso
editor le propone que dé el salto a la novela:
a) Me arriesgo y empiezo a escribir sin parar.
b) Me arriesgo, pero ¿no puede ser una novela corta?
c) Me entra un ataque de risa delirante y algún espasmo facial.
Resultados:
Mayoría de respuestas ‘a’.- Es usted más
tonto que una mierda.
Mayoría de respuestas ‘b’.- Mantendrá
sin problemas una columna durante bastante tiempo, pero no se confíe.
Mayoría de respuestas ‘c’.- González Ruano
le saluda desde ultratumba.

2007
:: Manuel del buen columnista (Crónicas
de Lanzarote)
Ni una frase de relleno. Ni siquiera una palabra de más (ni
de menos, pero esto ya es secundario). Cada expresión, un
latigazo, pero nunca empuñando el látigo o el rebenque
con la misma mano: ora con la izquierda, ora con la derecha, más
tarde con ninguna, otro día con ambas. Pon todos los músculos
a trabajar: el que desarrolla el humor, el de la épica, el
del dato aparentemente intrascendente, el de la cita de los que
escriben mejor que tú, el que reactiva la ironía,
el que mantiene vivo el bendito escepticismo; todos despiertos cuando
tus dedos revienten el teclado del ordenador. Y, si lo tienes -no
es estrictamente necesario-, activa también el cerebro...
aunque hay columnistas descerebrados muy célebres. Ya los
conocemos todos, no tengo que recordártelos si eres del gremio
o pretendes apuntarte a la cofradía.
Cada titular, un guiño que atrape al lector saturado o potencialmente
indiferente. No coloques el título como quien se pone los
zapatos, por obligación o mera inercia. Es tu carta de presentación.
Es tu mejor reclamo. Te sirve, si dominas ese difícil arte
de nombrar, para agarrar al lector por la pechera o el cogote. Pero
si la fachada es buena, el interior, el resto de los párrafos,
ha de ser aún mejor... o no volverá nadie a picar
en el anzuelo o reclamo del subrayado. Una novela la escribe cualquiera.
Lo complicado es el título. Ahí te la juegas. Con
la columna, igual.
Huye del chiste fácil, del trazo grueso, de la escatología
supuestamente graciosa. Ya sé que hay lectores que se ríen
todavía con la versión adulta del “caca, pedo,
pis” de los chinijos, pero esos lectores no te valdrán
de nada porque no son fieles y te traicionarán todo el rato
con la tele, que es su sitio o corral habitual, donde se revuelcan
más a gusto.
No aplaudas nunca, ni loco, ni en broma ni borracho la gestión
de ningún político al que le pagas el sueldo. Nadie
escribe columnas para ensalzar el trabajo bien hecho del carpintero
que le hizo como es debido la puerta del garaje. ¿A qué
viene entonces elogiar en público a un teórico servidor
tuyo? Lo demás (la valentía, el arrojo, la coherencia,
el pizquito de ética), ya te lo supongo, como el valor en
la mili hasta que no se demuestre lo contrario cuando entres en
combate (por ejemplo en los Juzgados, el Cielo no lo quiera).
Ah, y lo principal: lee. Léetelo casi todo. Y cuando te
canses de leer, sigue leyendo. A los buenos (hay muchos en la prensa
española, doy fe lectora), a los malos (como estás
haciendo ahorita mismo) y a los peores de tu oficio de tinieblas.
No hagas como los periodistas de las últimas hornadas: que
no te dé vergüenza que te vean con un periódico
bajo el brazo. Arranca las páginas de publicidad, regálale
las de economía al que se sienta a tu lado en la guagua,
ríete un rato con los titulares deportivos (y más
ahora, que hay motivo por partida doble para la alegría futbolística
en España).
No le des más patadas a tu principal herramienta de trabajo,
que es el idioma. Si no lo respetas, te faltas al respeto a ti mismo.
¿Qué pensarías de un futbolista que rompe la
pelota; qué dirías de un sacerdote que reniega de
Cristo? Deja el uso y el abuso de los innecesarios e injustificados
anglicismos para los que no saben escribir ni tienen sentido del
ritmo literario, ni les repugna el pelo en la sopa ni la mosca en
el vaso de leche. No imites al loro repitiendo sonidos que no son
tuyos por el simple hecho de que ese cacaraqueo esté de moda
(la moda es la cultura de los que no tienen otra cultura que llevarse
a la boca).
No abuses de las muletillas y de las frases hechas (excepto cuando
son de tu propia cosecha y aportan originalidad o gracia). Si te
da por lo neologismos, que sean entendibles a la primera para cualquier
vecino. Nunca escribas en clave si esa clave sólo la conoces
tú y la parienta, pues estafas o desprecias al lector que
te dedica un tiempo que a lo peor tampoco le sobra. Y, en hablando
de tiempo, lo más importante: nunca, nunca, nunca escribas
una columna con prisa y a la carrera, como estoy haciendo yo con
ésta después de recibir la llamada de la directora
del periódico allá a las tantas de la tarde del jueves.
No se le puede hacer caso a alguien que escribe contra reloj. No
se puede decir nada interesante en algo que se ha escrito en diez
minutos. Olvida, pues, todo lo que has leído hasta aquí
abajo y escribe lo que te dé y como te dé la real
gana. [Vale, Paqui, ya te lo mando...]. |