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17.09.2007::
"Un cambio importante (para mí)
Fuente: javierortiz.net
Esta mañana he comunicado a la dirección de
El Mundo que abandono mi labor como columnista de ese periódico.
Lo he hecho mediante una carta al director, Pedro J. Ramírez.
Pensé en telefonearle para darle cuenta de mi decisión,
pero luego reparé en el hecho de que ya hace unos cuantos
años que él no se ha puesto en contacto directo conmigo
para justificar ni una sola de las decisiones que ha tomado a mis
expensas –algunas de ellas muy importantes para mi situación
laboral–, lo cual indica que, con el paso del tiempo y por
las razones que sea, ha considerado que prefería relacionarse
conmigo de manera oblicua. Me he avenido a sus preferencias y yo
también he optado por utilizar una vía indirecta.
Muchos de mis amigos y amigas no entienden que tomar esta decisión
me haya costado Dios y ayuda. No se dan cuenta de la tupida red
de lazos afectivos que uno puede establecer con un periódico
para el que ha escrito durante 18 años. La línea editorial
importa, pero no lo es todo, ni mucho menos. Cuentan también,
y mucho, las relaciones afectivas. Me refiero al afecto que me une
a muchas personas que siguen en ese diario y a las que quiero.
Ahora que ya no voy a trabajar para él, tampoco me cuesta
nada admitir que guardo un reconocimiento muy especial al propio
Pedro J. Ramírez, con independencia de que en los últimos
años hayamos tenido unas relaciones tirando a enrevesadas.
Cuando se interesó por mí, allá por 1989,
yo era un periodista ignoto, que escribía para publicaciones
muy minoritarias, unas por su temática, otras por su ideología.
Me respaldó, me defendió y me promocionó. En
sólo un mes, antes incluso de que el periódico saliera
a los quioscos, me pasó de jefe de sección a redactor-jefe.
Me permitió encargarme del nacimiento de El Mundo del País
Vasco, junto con el bueno de David Barbero. Un año después
me llamó a Madrid, ya como subdirector, jefe de Opinión,
responsable del Consejo Editorial y columnista, tareas de las que
me ocupé simultáneamente durante casi una década.
Tuvimos nuestras agarradas, algunas muy sonadas y visibles, pero
siempre me mostró respeto y aprecio. Y luego, cuando decidí
dejar el cargo e irme a mi casa a la vista de nuestras insalvables
divergencias políticas, tragó, aunque a regañadientes
y con su proverbial racanería, y me mantuvo como columnista.
Todo lo cual, visto en conjunto, debo agradecérselo y se
lo agradezco sinceramente.
Voy a iniciar ahora otra etapa de mi vida, ésta como columnista
de Público, el diario que pronto estará en los quioscos.
Me interesa la nueva experiencia en varios sentidos.
En primer lugar, voy a escribir para un periódico que, a
diferencia de El Mundo, no me soporta, sino que me jalea. Un periódico
que anuncia que va a defender –y espero que lo haga–
una línea de izquierdas.
En segundo lugar, voy a tener una columna diaria, 365 días
al año, salvo bisiestos. Quienes seguís desde hace
tiempo estos Apuntes sabéis que no me asusta escribir a diario,
pero hay en este propósito mío de ahora un punto suplementario
de desafío, porque no es lo mismo escribir en familia, al
modo de los Apuntes, que hacerlo de cara a muchos lectores que están
por conocerme.
En tercer lugar, me estimula y me divierte participar en el nacimiento
de un nuevo diario. Tengo tantas incógnitas como el que más,
pero no puedo evitar acordarme de la máxima de Tácito
que marcó el nacimiento de El Mundo. Decía: «No
hay atractivo en lo seguro. En el riesgo hay esperanza». Una
reflexión que yo solía completar recordando unos versos
que Jacques Brel cantó sobre la tumba de su amigo Jojo: «Tú
y yo sabemos que el mundo se adormece por falta de imprudencia».
A la vejez, viruelas.
¿Qué va a suponer este cambio de cara a la página
web en la que tú, amigo lector, amiga lectora, te encuentras
ahora? Pues la verdad es que no lo sé. He pactado con la
dirección de Público que podré reproducir aquí
las columnas que publique en el nuevo diario. Es posible que la
mayor parte de los días todo sea uno y lo mismo, aunque a
lo mejor hay días en los que me apetece escribir dos piezas,
una de cara al Público y otra pro domo mea.
Prefiero atenerme al viejo lema que Napoleón aplicaba a
las batallas: «On s’engage et puis on voit». O
sea: uno se mete en la pelea; luego mira y decide cómo se
las arregla (dicho sea en traducción libre).
Es a lo que yo me dispongo en este punto y hora. Ya veremos.
En todo caso, mis más sinceras gracias a todos y todas por
seguirme en mis peregrinajes.

18.09.2007::
La respuesta de Ortiz
Fuente: javierortiz.com
JMe temo que ayer estuve en la boca –y en los teclados–
de mucha gente. Recibí un verdadero aluvión de mensajes
de correo electrónico y, por lo que he visto, mi nombre se
paseó muchos cientos de veces por algunos foros.
No he tenido tiempo de leerlos. Menos ayer que cualquier otro día,
porque se murió la madre de un amigo y fuimos a estar con
él y a tratar de levantarle el ánimo con nuestras
pavadas. Acabamos de copas a las tantas.
Sí me dio tiempo de comprobar que ha habido comentarios
para todos los gustos. Por lo que he visto, la mayoría han
sido de alegría, aunque de signo opuesto. Unos se han alegrado
de que me haya ido de El Mundo porque no les gustaba que escribiera
en ese periódico y prefieren con mucho que vaya a potenciar
Público, el diario de próxima aparición. Otros
parece que están radiantes porque son fieles seguidores de
la línea editorial de El Mundo y les tocaba mucho las narices
que apareciera cada dos por tres en la página 2 diciéndoles
lo contrario de lo que ellos piensan.
Supongo que es normal que las cosas funcionen así, pero
no deja de producirme cierta melancolía ese empeño
colectivo en que nos agrupemos por sectas: los de derechas, bien
juntitos y por su cuenta; los de izquierdas, compactos y en nuestra
trinchera. Y todos, los unos y los otros, a regodearnos con lo propio
y a cocernos en nuestra propia salsa.
He apreciado muy mucho algunos –pocos– comentarios
de lectores de El Mundo que me han manifestado su discrepancia radical
con mis ideas y su agradecimiento por haberles ayudado durante años
a revisar constantemente sus creencias. Estimaban el ejercicio de
esgrima intelectual, por decirlo de algún modo, al que les
invitaba dos veces por semana.
De los muchísimos mensajes que recibí ayer, uno de
los que más me gustó fue el que me envió Pedro
J. Ramírez, mostrándome su estima personal y profesional
y deseándome mucha suerte. Acababa citándome el célebre
Good night and good luck. Bien por él. ¿Para qué
quedar mal, si se puede quedar bien? Le respondí en idéntico
tono. Él y yo pensamos de modo muy distinto, pero nos respetamos,
y eso es bueno.
Digamos que está en las antípodas de un personaje
risible que me escribió para comunicarme que está
deseando que llegue la próxima guerra civil para matarme.
Toma ya.
He visto en una web, Periodista Digital, muy venida a menos –me
recuerda al Sábado Gráfico de los setenta, con sus
portadas de señoritas en biquini–, que cita mi marcha
de El Mundo hablando de «amarga despedida». No sé
en qué será especialista quien dirige eso. Quizá
en despedidas amargas, aunque no por voluntad propia. En todo caso,
está claro que la psicología no es lo suyo. Mi despedida
de El Mundo no ha tenido nada de amarga, y menos de rencorosa. Guardo
un gran recuerdo del tiempo que he estado en ese periódico,
aunque haya tenido mis más y mis menos, como todo pichichi
en cualquier empresa. No respiro por ninguna herida, porque no hay
heridas.

24.09.2007::
Entre bambalinas
Fuente: javierortiz.net
Llevo varios días ejercitándome en la escritura
de columnas de algo menos de 1.800 caracteres, espacios incluidos,
que son los que tendrán los artículos que voy a sacar
a diario en Público a partir de pasado mañana. Como
quiera que llevo muchos años dedicándome a hacer columnas
de un tamaño bastante mayor (las de El Mundo tenían
algo más de 2.800 caracteres), he de reciclar mis hábitos.
Cuando me planteé esa reconversión, me puse trascendente
y recordé el lema que Bertolt Brecht tenía puesto
en la pared de su estudio, a modo de consigna: «La verdad
es concreta». Me dije: «Evita enrollarte y ve directamente
al meollo del asunto». Pero, a medida que he ido escribiendo
columnas del nuevo tamaño, para ir practicando, me he dado
cuenta de que lo que me hace falta no es sintetizar más,
sino abarcar menos. Dividir la realidad en parcelas más chicas.
Mis columnas de El Mundo figuraban en una sección llamada
«Zoom» (*). Lo que he de hacer ahora es ajustar mi zoom
al encuadre que me piden. Eso ofrece una ventaja: al centrar la
mirada en un espacio más concreto de la realidad, dejaré
disponibles muchos otros aspectos de los asuntos que trate, lo que
no me vendrá nada mal, puesto que voy a escribir todos los
días.
Yo no sé cómo abordan su trabajo otros columnistas.
Con alguno he hablado de ello de manera tangencial en alguna ocasión.
Hubo uno que me preguntó, en un acto de ésos a los
que por lo general no voy, en plan de famoseo, copas y canapés:
«Y tú, Ortiz, ¿cuánto tardas en escribir
una columna?». «Depende», le respondí.
«Por lo general, unas dos horas. La mayor parte la dedico
a argumentar lo que pretendo explicar, pero reservo un buen tiempo
luego para la corrección, porque me gusta que parezca que
está escrito de una tacada». «¡Qué
barbaridad!», exclamó el hombre. «¡Yo las
liquido en un cuarto de hora!». No pude callarme. «Se
nota», le dije.
Quizá a partir de ahora tarde algo más, incluso.
Porque, como me enseñó mi maestro Robert Escarpit
(**), si quieres ahorrar tiempo a quien te lee, tienes que gastarlo
tú.
________
(*) No escogí yo el cintillo. Fue cosa de Manuel Hidalgo,
que me antecedió en la jefatura de la sección de Opinión
de El Mundo. Supongo que, de haberme correspondido la elección,
habría preferido alguna palabra que figure en el Diccionario
de la Lengua Española. De todos modos, tampoco me incomodó
nunca. Para mi rincón en Público he seleccionado un
lema que ya usé en tiempos juveniles para una serie de columnas
de prensa: El dedo en la llaga. Luego he comprobado que hace algunos
años salió una película que llevaba ese título.
Me da igual: yo lo vi primero.
(**) Robert Escarpit (1918-2000), columnista y maoísta ultraheterodoxo
girondino, fue el genial consagrador del género periodístico
llamado billete o recuadro, que es como los periodistas solemos
llamar a los artículos de opinión brevísimos,
de apenas seis u ocho líneas. Él lo publicaba a diario
en la primera página de Le Monde bajo el epígrafe
Au jour le jour («El día a día»). Ha tenido
muchos imitadores, pero ninguno ha alcanzado nunca, ni de lejos,
su maestría, como demuestra a diario Antonio Gala. Escarpit,
que hablaba un castellano más preciso que la mayoría
de los españoles, fue mi decano en el Instituto Universitario
Técnico de Burdeos, donde di en estudiar periodismo a comienzos
de los setenta, y trató de orientar mis pasos. Sin éxito,
como es obvio. Me gestionó una beca muy generosa, por lo
que le estaré eternamente agradecido.

25.09.2007::
La suerte está echada
Fuente: javierortiz.net
Alea jacta est (*). Esta noche cruzamos el Rubicón.
Mañana saldrá a la calle el primer número de
Público, el nuevo diario al que me he pasado con armas y
bagajes.
La apuesta es doble, en mi caso.
Una parte me la juego con todos vosotros. Es la que nos dirá,
con el paso de los días, si la aventura tiene posibilidades
de éxito, si el periódico se va haciendo un hueco,
si realmente contribuye a dar voz a la izquierda y si va a servir
para que la libertad de expresión salga, así sea un
poco, del estado catatónico en el que se encuentra en esta
España de hoy, monocorde, zafia y autosatisfecha.
La otra parte de la apuesta es exclusivamente mía, personal
e intransferible. He dejado un periódico que navega viento
en popa y en el que tenía el porvenir asegurado –en
la medida en la que se puede tener el porvenir asegurado–,
para implicarme en un negocio difícil, del que puedo salir
escaldado, como de tantos otros anteriores.
Lo único que puedo deciros es que me habría sentido
fatal si no me hubiera atrevido. Recuerdo siempre el poema de Konstantinos
Kavafis al que Lluís Llach puso música y tituló
A la taverna del mar. Al final, los fracasos que más nos
minan el buen ánimo son los que nunca pudimos sufrir, porque
nos arrugamos y rehuimos la pelea.
He decidido atreverme a fracasar una vez más, fiel a la
consigna que Jorge Oteiza nos dio a tantos: «Nunca malogres
tu carrera de perdedor con un éxito de mierda».
Cuento con el respaldo de los míos (aunque en mi caso sería
más correcto decir «de las mías»), que
no tienen nada de cobardes. Lo reconozco: eso es jugar con ventaja.

26.09.2007::
El primer día
Fuente: javierortiz.com
La sección se llama El dedo en la llaga. A partir de ahora,
lo más corriente será que este Apunte cotidiano se
componga de mi diario Dedo en la llaga, al que añadiré
alguna coda de complemento, como ésta.
Aprovecho la primera para contar que ayer fue la fiesta de inauguración
del diario. La cosa se celebró en un sitio llamado Telefónica
Arena, que es un pabellón enorme situado en la Casa de Campo,
en Madrid. Muchísima gente, muchísimas copas –da
testimonio de ello el dolor de cabeza que me habita en estos momentos–,
discursos estupendamente breves y, como colofón, un tan largo
como inesperado concierto de Bryan Ferry, el líder de Roxy
Music. Yo no tenía ni idea de que lo habían contratado
para la ocasión, y me quedé pasmado, porque me gusta,
y porque además More Than This –que la interpretó–
es una de mis canciones favoritas. Llevaba un grupo excelente y
el sonido fue llamativamente limpio (sospeché que estaba
siendo grabado para convertirlo pronto en DVD). Hizo un muy bello
homenaje a la versión de Jimmy Hendrix del All Along The
Watchtower de Bob Dylan, interpretó algunas piezas más
de Dylan, otra de John Lennon y las clásicas suyas. Lo peor
que tuvo fue que yo tenía previsto largarme pronto, porque
hoy me espera un día del carajo, pero tuve que quedarme,
porque uno no ve todos los días a Bryan Ferry, con lo cual
hoy voy a estar fundido hasta la hora de irme a la cama.
Todavía no he tenido tiempo de leer con calma el nuevo periódico.
He comprobado ya, eso sí, que he de prepararme para lo que
siempre me ocurre en todos los periódicos: que me corrijan
lo que no deben corregirme. Me pidieron que escribiera una Carta
al Director (Carta del Lector, en este caso) porque, tratándose
del primer número, no las había reales, y les mandé
una argumentando una de mis reivindicaciones clásicas: que
se instauren servicios municipales de recogida gratuita de cadáveres.
Me divirtió hacerlo, porque también escribí
una carta en términos similares para el primer número
de El Mundo. En la carta, escrita en tono de coña, metí
numerosas bromas, entre ellas la de decir que mi misiva era una
Carta al Director «com cal, que decimos en Euskadi».
Como muchos de vosotros sabréis, com cal es una expresión
catalana, equivalente al comme il faut francés o al como
es debido castellano. Pues bien: se ve que quien editó mi
texto no sabe catalán, creyó que era un lapsus calami
mío y me corrigió. Con lo que ha salido… ¡«con
cal»! Cuando lo vi me dije: «Lógico. Como la
fiesta se celebra en el Telefónica Arena, han decidido que
demos… una de cal y otra de arena.»
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