La estación de Alsa de Gijón huele a tabaco rubio y gasoil. El autobús huele
a tabaco negro y Wynn's. El sol de septiembre gratina tu piel curtida en el
agosto. Miras a través de la ventanilla y no encuentras rostros conocidos
tras los pañuelos agitados a ese viento de poniente que se levanta al caer
la tarde, preludio de un otoño de ida y vuelta.
El conductor arranca, la película ya la has visto, tu asiento no se reclina,
el reposapiés se atasca y el aire acondicionado despide polvo de tiza.
Haces recuento en la parada técnica de Villalpando y descubres que este
verano todo ha sido diferente. El gluten del amor clandestino que
encontrabas otros años entre las zarzas de una romería, aquel sexo furtivo
en los asientos traseros de los coches de choque, ha sido sustituido por el
sudor solitario y maquinal de la masturbación. Además, el frescor húmedo del
ocaso, el escalofrío gallináceo de tu piel, ya no te ha calado los codos en
el limen de la noche porque a esas horas, en lugar de encontrar la
conversación ciega con tus amigos de la infancia, estabas quitando la arena
seca de las uñas de tus pies mientras veías el Grand Prix a un metro de la
televisión sin mando a distancia de la casa de tus padres.
Piensas que quizá debas asumir la realidad, cambiar de destino y en lugar de
regresar a enraizarte en Asturias, el próximo año lo mejor sea disfrutar de
unas vacaciones verticales en un hotel ubicado entre la arena y el agua en
Benidorm.
El autobús llega a Méndez Álvaro y pisas las aceras inductivas de
Madrid, que calientan tus pies al segundo paso. Entras en casa y notas
el olor seco y tupido de tu habitación cerrada. Sorprendes a las cucarachas
haciendo la maleta y tras meterte en la cama tienes que mirar las
instrucciones para conectar el despertador. Una pesadilla encharca
la sábana bajera y al despertar bebes un puñado de agua del grifo
y te sientas en la butaca del salón. Es entonces, en el silencio de
la madrugada, cuando caes en la cuenta de que se ha ido para siempre
tu último verano.