|
Basta con desplegar el mapa para ser consciente de que te encuentras
en una isla acróstica y digital, imposible de descifrar sin
alzar la vista más allá del cielo y una cierta cultura
algebraica.
Es Manhattan un inmenso decorado de cristal y asfalto habitado por
actores llegados de cualquier lugar que recorren sus calles sin
mirar atrás, quizá huyendo del olor a pretzel y hot
dog que emana de sus esquinas.
En Broadway, la diagonal en cuesta de la isla, las candilejas se
apiñan unas con otras para dar sombra a los flashes de las
cámaras de fotos de los turistas que se mueven de un proscenio
a otro con la ilusión imaginaria de la fama. En su descenso
se asombran ante la espejada y acicular fachada del edificio Chrysler
que lustra el febril amanecer del Midtown.
Al sur, en la Zona Cero, cientos de curiosos se agolpan para ver
el socavón aún humeante de un país y, a pocos
metros, en Wall Street, brokers en aprisco engordan su corbata a
base de hamburguesas con ketchup y agua hirviendo con aroma a café.
Sin embargo, a pesar de esta vida colmenada, aún existen
en la isla reductos en los que sus habitantes disfrutan de esa altiva
quietud que alberga la soledad urbana.
A la orilla del Hudson, al norte de Tribeca, una mujer llamada Nicole
acostumbra a sentarse todas las tardes de septiembre a las siete
en una terraza donde se orea con las olas que el ferry de Staten
Island gesta en su devenir cotidiano. A esa misma hora pero al otro
lado de la ciudad, en el East Village, ya ha anochecido en un pequeño
bar cuyos momentos de esplendor sólo perviven en las fotografías
que cuelgan sin demasiadas ganas de sus paredes. Allí, un
hombre llamado Jim escribe un guión que nunca llegará
a ser comercial mientras su pelo se blanquea y crece vertical como
la ciudad en la que vive.
No muy lejos de ese bar agostado, en un apartamento de la calle
12, una chica demasiado guapa para no decirlo cambia el carrete
de su Nikon después de escribir una postal en blanco y negro
desde una ciudad un poco más hermosa tras un día expuesta
al ASA 400 de su mirada.
|