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Madrid, miércoles 28 de septiembre de 2005

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Manhattan
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Basta con desplegar el mapa para ser consciente de que te encuentras en una isla acróstica y digital, imposible de descifrar sin alzar la vista más allá del cielo y una cierta cultura algebraica.

Es Manhattan un inmenso decorado de cristal y asfalto habitado por actores llegados de cualquier lugar que recorren sus calles sin mirar atrás, quizá huyendo del olor a pretzel y hot dog que emana de sus esquinas.

En Broadway, la diagonal en cuesta de la isla, las candilejas se apiñan unas con otras para dar sombra a los flashes de las cámaras de fotos de los turistas que se mueven de un proscenio a otro con la ilusión imaginaria de la fama. En su descenso se asombran ante la espejada y acicular fachada del edificio Chrysler que lustra el febril amanecer del Midtown.

Al sur, en la Zona Cero, cientos de curiosos se agolpan para ver el socavón aún humeante de un país y, a pocos metros, en Wall Street, brokers en aprisco engordan su corbata a base de hamburguesas con ketchup y agua hirviendo con aroma a café.

Sin embargo, a pesar de esta vida colmenada, aún existen en la isla reductos en los que sus habitantes disfrutan de esa altiva quietud que alberga la soledad urbana.

A la orilla del Hudson, al norte de Tribeca, una mujer llamada Nicole acostumbra a sentarse todas las tardes de septiembre a las siete en una terraza donde se orea con las olas que el ferry de Staten Island gesta en su devenir cotidiano. A esa misma hora pero al otro lado de la ciudad, en el East Village, ya ha anochecido en un pequeño bar cuyos momentos de esplendor sólo perviven en las fotografías que cuelgan sin demasiadas ganas de sus paredes. Allí, un hombre llamado Jim escribe un guión que nunca llegará a ser comercial mientras su pelo se blanquea y crece vertical como la ciudad en la que vive.

No muy lejos de ese bar agostado, en un apartamento de la calle 12, una chica demasiado guapa para no decirlo cambia el carrete de su Nikon después de escribir una postal en blanco y negro desde una ciudad un poco más hermosa tras un día expuesta al ASA 400 de su mirada.

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