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Madrid, miércoles 19 de octubre de 2005

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Brummel
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Nunca conocí a nadie que tuviera tanto éxito con las mujeres como Andreo Cardone. No era un hombre guapo, ni alto, ni de ojos verdes, ni siquiera era italiano, como su nombre y su apellido parecerían indicar. Todo lo contrario. Había nacido en una casa baja de la acera de enfrente del bar de la esquina y sólo dejaba el barrio un par de veces al año para comprar absenta de contrabando al otro lado de la autopista. El atractivo de Andreo residía en su olor. Nunca nos dijo cuál era su perfume, aquel aroma que le precedía, mezcla de tabaco de liar y rocío, y que se quedaba anclado en el ambiente mucho tiempo después de que se fuera. En aquellos años todos olíamos del mismo modo, con esa rancidez propia del abandono. Eran tiempos en que las chaquetas de tweed sudaban en el armario, sólo ventiladas por el
vaivén de los abanicos de nuestras abuelas, una época en que, después de un par de horas, los litros de Brummel que anillaban nuestro cuello destilaban la miasma revenida del cartón de una pizza cuatro estaciones.

El caso es que el encanto balsámico del perfume de Andreo le hacía irresistible para el sexo opuesto. Él me enseñó todo lo que necesitaba saber y nunca llegué a comprobar de las mujeres, a quienes seducía con su misterioso perfume y un calculado desdén, una indiferencia de reojo que erotizaba a las chicas ya previamente narcotizadas por su colonia. Sin embargo, nunca pude comprender por qué conquistaba a cualquiera que pasara por su lado, sin importarle el físico, la cuenta bancaria o la altura de su frente. Me lo dijo una noche, antes de irse a casa de una esposa insatisfecha:

- En el fondo, amigo, todas las mujeres son la misma. Da igual lo que digan, que lo único que deseas es que terminen de hablar; da lo mismo si son ricas o no, lo relevante es que lo sea su marido; y en cuanto al aspecto, no me importa su belleza porque en el fondo, en el fulgor ciego del amor, lo único que sientes es el roce de su piel contra la tuya, algo que nunca cambia, esa tersura jugosa, tan parecida al hollejo de una nectarina que se calienta frotándose contra la lija de tu dermis como si estuviera al sol de sobremesa en el frutero de cristal de bohemia de la cocina.

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