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Nunca conocí a nadie que tuviera tanto éxito con
las mujeres como Andreo Cardone. No era un hombre guapo, ni alto,
ni de ojos verdes, ni siquiera era italiano, como su nombre y su
apellido parecerían indicar. Todo lo contrario. Había
nacido en una casa baja de la acera de enfrente del bar de la esquina
y sólo dejaba el barrio un par de veces al año para
comprar absenta de contrabando al otro lado de la autopista. El
atractivo de Andreo residía en su olor. Nunca nos dijo cuál
era su perfume, aquel aroma que le precedía, mezcla de tabaco
de liar y rocío, y que se quedaba anclado en el ambiente
mucho tiempo después de que se fuera. En aquellos años
todos olíamos del mismo modo, con esa rancidez propia del
abandono. Eran tiempos en que las chaquetas de tweed sudaban en
el armario, sólo ventiladas por el
vaivén de los abanicos de nuestras abuelas, una época
en que, después de un par de horas, los litros de Brummel
que anillaban nuestro cuello destilaban la miasma revenida del cartón
de una pizza cuatro estaciones.
El caso es que el encanto balsámico del perfume de Andreo
le hacía irresistible para el sexo opuesto. Él me
enseñó todo lo que necesitaba saber y nunca llegué
a comprobar de las mujeres, a quienes seducía con su misterioso
perfume y un calculado desdén, una indiferencia de reojo
que erotizaba a las chicas ya previamente narcotizadas por su colonia.
Sin embargo, nunca pude comprender por qué conquistaba a
cualquiera que pasara por su lado, sin importarle el físico,
la cuenta bancaria o la altura de su frente. Me lo dijo una noche,
antes de irse a casa de una esposa insatisfecha:
- En el fondo, amigo, todas las mujeres son la misma. Da igual lo
que digan, que lo único que deseas es que terminen de hablar;
da lo mismo si son ricas o no, lo relevante es que lo sea su marido;
y en cuanto al aspecto, no me importa su belleza porque en el fondo,
en el fulgor ciego del amor, lo único que sientes es el roce
de su piel contra la tuya, algo que nunca cambia, esa tersura jugosa,
tan parecida al hollejo de una nectarina que se calienta frotándose
contra la lija de tu dermis como si estuviera al sol de sobremesa
en el frutero de cristal de bohemia de la cocina.
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