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Cuarenta y dos años y tres matrimonios fallidos le bastaron
a mi amigo Lucas para llegar a la conclusión de que no había
nada en este jodido mundo que mereciera la pena. Era tal su descreimiento
que durante meses estuvo al borde del suicidio. Fue después
de su tercer divorcio, que me explicó así:
- Al principio todo era maravilloso. Tenía la sensación
de que lo único que sobraba en nuestra relación era
el aire. Pero pronto las cosas cambiaron y no había forma
de estar unidos salvo para hacer la quiniela. El matrimonio es así,
amigo, día a día va perdiendo consistencia, como el
pegamento en barra.
Sin embargo, me costaba entender que no le hubiera sorprendido la
huida de Ana, que se fue sin despedirse un día cualquiera
de noviembre tachando su nombre del buzón y dejando sólo
un par de piedras de naftalina en el armario.
- David, - me dijo - tarde o temprano tenía que suceder.
Los sonetos y las escapadas románticas duraron el tiempo
justo del enamoramiento. Después, en el crudo invierno, lo
único que le podía escribir era la lista de la compra
y nuestro viaje más largo juntos era al trastero a por las
bolas de navidad.
El caso es que se habían dejado arrastrar a un amor tan prosaico
y funcionarial que para el regalo de cumpleaños de Ana mi
amigo aprovechaba la cuenta de la empresa en Carlin y en su aniversario
de boda ambos se cogían el día de asuntos propios
para no tener que pasar por casa.
Recuerdo que para animarle en la sima de su depresión me
fui con él de vacaciones a Formentera, pero ni siquiera la
arena rallada de Illetes o el ron con rodaja de luna del Blue Bar
le levantaron el ánimo. La última tarde le llevé
a disfrutar del ocaso en al Cap de Barbaria. Estuvimos un par de
horas sentados en la cresta de aquella isla, con el mar abofeteando
las rocas a nuestros pies y el viento aprendiendo a silbar en su
contacto con las encías del acantilado. Cuando el sol se
sumergió en las aguas sin olas del Mediterráneo nos
recogió una noche suave, con esa oscuridad relativa tan propia
del mes de junio y una brisa abanicada. Sin embargo, Lucas veía
algo muy diferente:
- Por favor, no vuelvas a traerme a este lugar, ha sido horrible.
Aunque no lo creas, las piedras son de aglomerado, ese sol se cayó
al mar como si lo hubiesen vareado y, en cuanto a esta noche atardecida,
en fin, tú la verás pulcra y melancólica, pero
comprende que para mí tenga la misma belleza que la luz tragada
del hueco de la escalera.
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