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Madrid, miércoles 2 de noviembre de 2005

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El hueco de la vida
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Cuarenta y dos años y tres matrimonios fallidos le bastaron a mi amigo Lucas para llegar a la conclusión de que no había nada en este jodido mundo que mereciera la pena. Era tal su descreimiento que durante meses estuvo al borde del suicidio. Fue después de su tercer divorcio, que me explicó así:

- Al principio todo era maravilloso. Tenía la sensación de que lo único que sobraba en nuestra relación era el aire. Pero pronto las cosas cambiaron y no había forma de estar unidos salvo para hacer la quiniela. El matrimonio es así, amigo, día a día va perdiendo consistencia, como el pegamento en barra.

Sin embargo, me costaba entender que no le hubiera sorprendido la huida de Ana, que se fue sin despedirse un día cualquiera de noviembre tachando su nombre del buzón y dejando sólo un par de piedras de naftalina en el armario.

- David, - me dijo - tarde o temprano tenía que suceder. Los sonetos y las escapadas románticas duraron el tiempo justo del enamoramiento. Después, en el crudo invierno, lo único que le podía escribir era la lista de la compra y nuestro viaje más largo juntos era al trastero a por las bolas de navidad.

El caso es que se habían dejado arrastrar a un amor tan prosaico y funcionarial que para el regalo de cumpleaños de Ana mi amigo aprovechaba la cuenta de la empresa en Carlin y en su aniversario de boda ambos se cogían el día de asuntos propios para no tener que pasar por casa.

Recuerdo que para animarle en la sima de su depresión me fui con él de vacaciones a Formentera, pero ni siquiera la arena rallada de Illetes o el ron con rodaja de luna del Blue Bar le levantaron el ánimo. La última tarde le llevé a disfrutar del ocaso en al Cap de Barbaria. Estuvimos un par de horas sentados en la cresta de aquella isla, con el mar abofeteando las rocas a nuestros pies y el viento aprendiendo a silbar en su contacto con las encías del acantilado. Cuando el sol se sumergió en las aguas sin olas del Mediterráneo nos recogió una noche suave, con esa oscuridad relativa tan propia del mes de junio y una brisa abanicada. Sin embargo, Lucas veía algo muy diferente:

- Por favor, no vuelvas a traerme a este lugar, ha sido horrible. Aunque no lo creas, las piedras son de aglomerado, ese sol se cayó al mar como si lo hubiesen vareado y, en cuanto a esta noche atardecida, en fin, tú la verás pulcra y melancólica, pero comprende que para mí tenga la misma belleza que la luz tragada del hueco de la escalera.

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