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Madrid, miércoles 23 de noviembre de 2005

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La vida escrita
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El viejo Marcelo lleva tanto tiempo durmiendo en la cárcel que, cuando sale a la calle de permiso, a sus ojos les cuesta asimilar la luz azul de la libertad, tan diáfana y fulgurante, sin la sombra metálica y vertical de los barrotes. Se siente el viejo Marcelo como seda ocal, torpe e incómodo en los
espacios abiertos, nimio y desasosegado ante el horizonte infinito de la meseta.

Ni siquiera se acuerda el viejo Marcelo del motivo de su primer ingreso en prisión, pero sí que contaba diecinueve años, un hijo y un par de tatuajes que ya se han deformado y reblandecido en su espalda como relojes dalinianos. Desde luego, la genética, la pobreza y la maldita droga no le ayudaron a hacerse un buen currículo. Sí sabe el viejo Marcelo que, cuando aún no había aprendido a andar, jugaba con las botellas de ginebra que su padre dejaba en las esquinas de la casa y que con quince años sólo acudía al instituto los viernes por la tarde para esnifar el bote de titanlux y soñar así despierto en clase de pretecnología.

- No ha sido una vida fácil - me dice cuanto le voy a visitar - pero tampoco vamos a dramatizar, amigo, tú te pasas la vida juntando letras delante del ordenador con la misma poesía que un albarán. Aquí dentro, por lo menos, he encontrado un hombro en el que apoyarme cuando arrecia la malea, me han enseñado a leer y nunca faltan compañeros para echar una partida.

Quizá tenga razón el viejo Marcelo, que la semana pasada, después de ver una de mis columnas me dijo:

- David, deja ya de escribir la vida y tratar de disfrutarla un poco. Acércate a un casino, a un bingo o, mejor aún, a una casa de citas. Con una de esas chicas en paños menores descubrirás que existen curvas más interesantes que las de las Times New Roman de tus escritos.

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