|
El viejo Marcelo lleva tanto tiempo durmiendo en la cárcel
que, cuando sale a la calle de permiso, a sus ojos les cuesta asimilar
la luz azul de la libertad, tan diáfana y fulgurante, sin
la sombra metálica y vertical de los barrotes. Se siente
el viejo Marcelo como seda ocal, torpe e incómodo en los
espacios abiertos, nimio y desasosegado ante el horizonte infinito
de la meseta.
Ni siquiera se acuerda el viejo Marcelo del motivo de su primer
ingreso en prisión, pero sí que contaba diecinueve
años, un hijo y un par de tatuajes que ya se han deformado
y reblandecido en su espalda como relojes dalinianos. Desde luego,
la genética, la pobreza y la maldita droga no le ayudaron
a hacerse un buen currículo. Sí sabe el viejo Marcelo
que, cuando aún no había aprendido a andar, jugaba
con las botellas de ginebra que su padre dejaba en las esquinas
de la casa y que con quince años sólo acudía
al instituto los viernes por la tarde para esnifar el bote de titanlux
y soñar así despierto en clase de pretecnología.
- No ha sido una vida fácil - me dice cuanto le voy a visitar
- pero tampoco vamos a dramatizar, amigo, tú te pasas la
vida juntando letras delante del ordenador con la misma poesía
que un albarán. Aquí dentro, por lo menos, he encontrado
un hombro en el que apoyarme cuando arrecia la malea, me han enseñado
a leer y nunca faltan compañeros para echar una partida.
Quizá tenga razón el viejo Marcelo, que la semana
pasada, después de ver una de mis columnas me dijo:
- David, deja ya de escribir la vida y tratar de disfrutarla un
poco. Acércate a un casino, a un bingo o, mejor aún,
a una casa de citas. Con una de esas chicas en paños menores
descubrirás que existen curvas más interesantes que
las de las Times New Roman de tus escritos.
|