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Madrid, miércoles 14 de dcieimbre de 2005

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No podemos saber qué habría sido de James Dean con el paso de los años, pero todos sospechamos que el afectado muchacho de Gigante habría comenzado a estirarse la piel una vez llegado a los cuarenta y quizá ahora tuviera el rostro cuarteado e inexpresivo como el de Jon Voight, que en nada se parece a aquel chico que punteaba las aceras junto a Dustin Hoffman en Cowboy de Medianoche.

Sin embargo, hoy sólo recordamos la mirada rebelde y la camisa de mangas dobladas del protagonista de Al Este del Edén, aquel paradigma de una belleza tan distinta al glamour anabolizado de hoy en día, porque los dos únicos músculos del cuerpo de Dean eran el que le sujetaba el flequillo y el que le levantaba la ceja. En aquella curva de las colinas escritas perdió la vida pero cosechó la ventaja que concede la muerte prematura, la belleza trágica y melancólica de la inmortalidad, esa tristeza hermosa que porta la condición de mito.
Le sucedió lo mismo a otros muchos, incluido el gran John Lennon, que tras ser abatido a los pies del edificio Dakota, a dos pasos de Central Park, ha vendido tantas copias de Imagine y tantos pósteres de su imagen en posición fetal junto a Yoko Ono que parece más vivo que su amigo Paul, aunque éste siga agitando su guitarra en los escenarios de todo el mundo.

Otros muchos no han sabido desaparecer y abrigar el recuerdo de su leyenda, como le sucedió a Maradona o al mismo Butragueño, un futbolista para el recuerdo que se ha convertido en un títere de la prensa deportiva y del presidente del Real Madrid haciendo olvidar lo que él mismo fue a finales de los ochenta cuando las televisiones se pegaban por las escuetas respuestas que salían de su asimétrica sonrisa.

Me atrevería a decir que el único que ha sabido abandonar el mundanal ruido y alimentar así su condición mitólógica es Elvis Presley, porque, aunque muchos lo nieguen, yo sé que Elvis está vivo
me lo dijo un amigo
cuando el sol empezaba a c
a
e
r.

 
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