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No podemos saber qué habría sido de James
Dean con el paso de los años, pero todos sospechamos
que el afectado muchacho de Gigante habría comenzado
a estirarse la piel una vez llegado a los cuarenta y quizá
ahora tuviera el rostro cuarteado e inexpresivo como el de Jon
Voight, que en nada se parece a aquel chico que punteaba
las aceras junto a Dustin Hoffman en Cowboy
de Medianoche.
Sin embargo, hoy sólo recordamos la mirada rebelde y la camisa
de mangas dobladas del protagonista de Al Este del Edén,
aquel paradigma de una belleza tan distinta al glamour anabolizado
de hoy en día, porque los dos únicos músculos
del cuerpo de Dean eran el que le sujetaba el flequillo y el que
le levantaba la ceja. En aquella curva de las colinas escritas perdió
la vida pero cosechó la ventaja que concede la muerte prematura,
la belleza trágica y melancólica de la inmortalidad,
esa tristeza hermosa que porta la condición de mito.
Le sucedió lo mismo a otros muchos, incluido el gran
John Lennon, que tras ser abatido a los pies del edificio
Dakota, a dos pasos de Central Park, ha vendido tantas copias de
Imagine y tantos pósteres de su imagen en posición
fetal junto a Yoko Ono que parece más vivo
que su amigo Paul, aunque éste siga agitando
su guitarra en los escenarios de todo el mundo.
Otros muchos no han sabido desaparecer y abrigar el recuerdo de
su leyenda, como le sucedió a Maradona o
al mismo Butragueño, un futbolista para
el recuerdo que se ha convertido en un títere de la prensa
deportiva y del presidente del Real Madrid haciendo olvidar lo que
él mismo fue a finales de los ochenta cuando las televisiones
se pegaban por las escuetas respuestas que salían de su asimétrica
sonrisa.
Me atrevería a decir que el único que ha sabido abandonar
el mundanal ruido y alimentar así su condición mitólógica
es Elvis Presley, porque, aunque muchos lo nieguen,
yo sé que Elvis está vivo
me lo dijo un amigo
cuando el sol empezaba a c
a
e
r.
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