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Aunque conocemos casi todos los órganos, músculos
y huesos de nuestro cuerpo, hay uno que no suele estudiarse pero
cuya influencia en nuestro carácter es indiscutible. De hecho,
para muchos científicos se trata del principal órgano
diferenciador entre los seres humanos y el resto de animales superiores.
Sin embargo, en el colegio nunca nos hablaban de él porque
no secreta la bilis, articula las costillas verdaderas ni contribuye
en la digestión. Su nombre es casso (del latín cassus,
-a, -um ) y se trata de una oquedad ubicada en las proximidades
del intestino delgado, no muy lejos del páncreas del que,
en cierto modo, es su negativo, el molde lobulado que parece haberle
dado forma.
Cuando nacemos, el casso no es más que un pequeño
poro apenas perceptible al que no se presta demasiada atención
porque, afortunadamente, no asume ninguna de sus funciones durante
la etapa de crecimiento. Sin embargo, este agujero, como el cráter
insurgente de un volcán, comienza a abrirse paso en el interior
de nuestro estómago con el devenir de los años desde
el mismo momento en que entramos en la madurez.
En cuanto a sus funciones, el casso es el sumidero donde mueren
las expectativas, ese orificio en el que se almacenan a lo largo
de la vida los sueños que no hemos hecho realidad, los besos
que nunca hemos soltado, los amigos que hemos dejado la cuneta.
Se va la navidad, llega la cuesta de enero y del mismo modo que
crecen los números rojos en nuestra cuenta bancaria, el casso
se llena de ese vacío que deja tras de sí la felicidad,
esa caída afectiva que trae consigo unos ojos empañados
o el rumor sin eco de la soledad.
Comenzamos el nuevo año con la sensación de que los
días blancos, puros y familiares de las fiestas navideñas
han dejado un puñado de nada en nuestro interior. Unos hablan
de nostalgia, otros de saudade, pero ambas no son más que
la expresión literaria de este órgano portador de
los vanos que emanan de la tristeza.
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