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Madrid, miércoles 11 de enero de 2006

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Segregar la pena
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Aunque conocemos casi todos los órganos, músculos y huesos de nuestro cuerpo, hay uno que no suele estudiarse pero cuya influencia en nuestro carácter es indiscutible. De hecho, para muchos científicos se trata del principal órgano diferenciador entre los seres humanos y el resto de animales superiores. Sin embargo, en el colegio nunca nos hablaban de él porque no secreta la bilis, articula las costillas verdaderas ni contribuye en la digestión. Su nombre es casso (del latín cassus, -a, -um ) y se trata de una oquedad ubicada en las proximidades del intestino delgado, no muy lejos del páncreas del que, en cierto modo, es su negativo, el molde lobulado que parece haberle dado forma.

Cuando nacemos, el casso no es más que un pequeño poro apenas perceptible al que no se presta demasiada atención porque, afortunadamente, no asume ninguna de sus funciones durante la etapa de crecimiento. Sin embargo, este agujero, como el cráter insurgente de un volcán, comienza a abrirse paso en el interior de nuestro estómago con el devenir de los años desde el mismo momento en que entramos en la madurez.

En cuanto a sus funciones, el casso es el sumidero donde mueren las expectativas, ese orificio en el que se almacenan a lo largo de la vida los sueños que no hemos hecho realidad, los besos que nunca hemos soltado, los amigos que hemos dejado la cuneta.

Se va la navidad, llega la cuesta de enero y del mismo modo que crecen los números rojos en nuestra cuenta bancaria, el casso se llena de ese vacío que deja tras de sí la felicidad, esa caída afectiva que trae consigo unos ojos empañados o el rumor sin eco de la soledad.

Comenzamos el nuevo año con la sensación de que los días blancos, puros y familiares de las fiestas navideñas han dejado un puñado de nada en nuestro interior. Unos hablan de nostalgia, otros de saudade, pero ambas no son más que la expresión literaria de este órgano portador de los vanos que emanan de la tristeza.

 
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