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Madrid, miércoles 11 de enero de 2006

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Mr. Kong
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No resulta sencillo definir la clase. Es algo que se percibe a duras penas en una mirada, en la forma de andar o en la manera de soplar el caldo. Pero es algo más que distinción, no se trata de una mera somatización del protocolo sino que conlleva algo mucho más profundo, esa serena forma de expresarse cuya principal característica es precisamente eso: la pausa.

Sin la tranquilidad que otorga la pausa a la vida, la corrección se queda ahí, en un simple gesto académico con la gracia de la COPE y el atractivo rancio de Andie MacDowell. Aunque haya aprendido las formas básicas de actuar, una mujer sin clase tarde o temprano acabará agarrando la paleta de pescado como si fuera a cementar la lubina.

A día de hoy, ninguna actriz sabe interpretar como lo hizo sesenta años atrás Lauren Bacall, apoyada en la jamba de tu puerta, dejando un pozo de silencio entre cada palabra y cada silbido. Y no era sólo ella, porque sus pausas gramaticales no eran tan diferentes a las quiebras del ritmo narrativo que proponían Bogey o Cary Grant al encender un cigarrillo o abotonarse el traje.

La clase se ha perdido y en nuestros días la repetición y el ajetreo se consideran símbolos de belleza. Tal es así, que el último gesto de pausa que nos ha despertado el recuerdo de los viejos tiempos ha sido el amor fino y conmovedor de un tal King Kong que se resistía a la muerte de una especie ya para siempre desaparecida.

 
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