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No resulta sencillo definir la clase. Es algo que se percibe a
duras penas en una mirada, en la forma de andar o en la manera de
soplar el caldo. Pero es algo más que distinción,
no se trata de una mera somatización del protocolo sino que
conlleva algo mucho más profundo, esa serena forma de expresarse
cuya principal característica es precisamente eso: la pausa.
Sin la tranquilidad que otorga la pausa a la vida, la corrección
se queda ahí, en un simple gesto académico con la
gracia de la COPE y el atractivo rancio de Andie MacDowell.
Aunque haya aprendido las formas básicas de actuar, una mujer
sin clase tarde o temprano acabará agarrando la paleta de
pescado como si fuera a cementar la lubina.
A día de hoy, ninguna actriz sabe interpretar como lo hizo
sesenta años atrás Lauren Bacall,
apoyada en la jamba de tu puerta, dejando un pozo de silencio entre
cada palabra y cada silbido. Y no era sólo ella, porque sus
pausas gramaticales no eran tan diferentes a las quiebras del ritmo
narrativo que proponían Bogey o Cary Grant
al encender un cigarrillo o abotonarse el traje.
La clase se ha perdido y en nuestros días la repetición
y el ajetreo se consideran símbolos de belleza. Tal es así,
que el último gesto de pausa que nos ha despertado el recuerdo
de los viejos tiempos ha sido el amor fino y conmovedor de un tal
King Kong que se resistía a la muerte de una especie ya para
siempre desaparecida.
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