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Todos los lunes cuando me despierto siento que no soy yo el que
abre mi ojos, se quita mi pijama y se mete en mi ducha. Tengo la
extraña sensación de que es otra persona quien coge
el metro camino del trabajo y me resulta ajena la voz que sale de
mi boca, la misma que muerde una napolitana de chocolate que llega
a un estómago que no me pertenece.
Durante todo el día, puedo ver mi cuerpo moverse a duras
penas encerrado en una jaula de Excel de la que no puede salir,
aturdido por la realidad de una semana que comienza con la única
esperanza de que llegue a su fin lo antes posible.
Por suerte, poco a poco los días se suceden y con su paso
voy acercándome a mí mismo hasta que por fin consigo
reencontrarme con mi propio cuerpo cuando llega el fin de semana.
Es entonces cuando recupero la capacidad para contar un chiste,
para escuchar una canción, para escribir una línea,
para llorar una pena.
Pero no dura demasiado, y el domingo por la noche, después
de cenar, comienzo a sentir cómo vuelvo a alejarme, a distanciarme
de un cuerpo en el que habito sólo un par de días
cada semana y en el que ya no quedará nada de mí el
lunes al despertar, un poco antes de que llegue el amanecer.
Pienso en aquellas personas que viven atrapadas en el seno cruel
de la depresión, en el pozo de sus miedos, en el oscuro abismo
de la tristeza, y tengo la sensación de que para ellos la
vida no es más que un lunes eterno del que no pueden escapar.
Lo siento por ellos, por quienes una y otra vez se despiertan en
el Día de la Marmota con la certeza de que el invierno va
a durar el resto de su vida. Ánimo.
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