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Tengo un amigo llamado Verano a quien conozco desde que tengo memoria.
Nuestros padres eran vecinos y no tengo ningún recuerdo de
mi infancia en el que él no habite ni ninguna fotografía
en la que no aparezca. Con el paso del tiempo Verano y yo hemos
mantenido nuestra amistad y aún somos como hermanos treinta
años después.
Verano se dedica a gestionar una empresa de carpintería que
heredó de su padre. El pequeño negocio familiar ha
ido creciendo con el paso de los años y hoy en día
tiene tanto éxito que Verano apenas tiene tiempo para algo
que no sea la carpintería. Se pasa el día
encerrado en una pequeña oficina en el primer piso de su
nave hablando con proveedores, negociando con clientes, cerrando
balances y firmando contratos. Como apenas nos vemos, de vez en
cuando le visito y tomamos café de máquina allí
mismo, en su despacho, aunque siempre nos interrumpe alguno de sus
empleados y el teléfono nunca deja de sonar.
Recuerdo que la última vez que estuve allí tenía
sobre la mesa de su despacho una novela abierta. Al ver que me fijaba
en ella, me comentó que cada hora dejaba durante cinco minutos
lo que estuviera haciendo, lo que fuera, para leer aquella novela.
Según me dijo, la ficción le daba el placer certero
de la esperanza y la expectación, de lo imprevisible, todo
lo que no encontraba entre los muros de su despacho, en la pantalla
plana de su ordenador. Para Verano, detenerse en aquella novela
durante cinco minutos o dos páginas cada hora es un aliciente
para seguir en aquel trabajo heredado que tan poco le gusta. Aquella
novela que leía Verano, curiosamente, la escribió
otro amigo mío, a quien llamaremos Invierno. A Invierno le
conocí en la Universidad cuando cayó en mis manos
uno de sus poemas. En aquellos años Invierno escribía
una poesía exquisita, incomparable, en la que hacía
gala de una capacidad innata para crear imágenes donde los
demás no veíamos nada. Después, como los lectores
de sus poemas podía contarlos con los dedos de las manos,
decidió cruzar a la orilla de la narrativa donde ha cosechado
un éxito moderado que le permite, al menos, sobrevivir sin
muchas dificultades y un cierto reconocimiento en el circuito literario.
Invierno, además, es un gran aficionado al bricolaje. Con
los beneficios de su última novela –la misma que Verano
tenía sobre la mesa de su oficina la última vez que
le visité– se compró una pequeña casa
de campo en la sierra madrileña que poco a poco ha ido amueblando
él mismo. Curiosamente, la madera la compra en la carpintería
de Verano. Me pareció una casualidad tan extraordinaria que
cuando me enteré de aquella relación cruzada me la
guardé para mí, pensando que quizá podría
servirme de algo en el futuro. El caso es que el día que
Invierno no encuentra una salida a la trama que está escribiendo
o no consigue darle el perfil que busca a un personaje, se encierra
en el sótano de su casa y construye una mesa o barniza un
armario. Ese trabajo manual le da la calma que necesita para ser
capaz de escribir de nuevo a la mañana siguiente.
Hace un par de días, estaba tomando un café en un
bar del centro con Invierno, charlando acerca de nuestras penas
narrativas, cuando se acercó Verano, que nos había
visto desde la calle por donde caminaba buscando un regalo de San
Valentín para su mujer. Les presenté, pero ninguno
se dio cuenta de la relación indirecta que entre ellos existía.
Yo no aclaré todo lo que sabía, aquellos lazos tan
invisibles como firmes que les unían, y se trataron como
dos desconocidos. Poco a poco, la conversación viró
hacia la política y pronto descubrí que Verano e Invierno
tenían ideologías muy diferentes, incluso opuestas,
y el diálogo se convirtió en una agria discusión.
Podría pensarse que simplemente cada uno de ellos trataba
de dar su opinión sincera, pero la verdad es que en todo
momento tuve la sensación de que no hablaban de lo que realmente
creían sino de lo que el resto del
mundo esperaba de ellos. Mientras se enfrentaban yo no podía
dejar de pensar que aquellos dos hombres eran imprescindibles el
uno para el otro y se habían perdido en un mar de nadería
ideológica que nada tenía que ver con su propia vida.
Era como si el gobierno y la oposición de un país
imaginario no aprovecharan la oportunidad de enterrar para siempre
el terrorismo de sus entrañas por no ceder en su testarudez
y no decepcionar así a sus acólitos. Sería
dar la espalda a la vida a cambio de una idea que no existe, de
la dialéctica fatua de la mentira, ¿se lo imaginan?
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