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Madrid, miércoles 15 de febrero

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La absurda (y verdadera) historia de verano e invierno
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Tengo un amigo llamado Verano a quien conozco desde que tengo memoria.

Nuestros padres eran vecinos y no tengo ningún recuerdo de mi infancia en el que él no habite ni ninguna fotografía en la que no aparezca. Con el paso del tiempo Verano y yo hemos mantenido nuestra amistad y aún somos como hermanos treinta años después.

Verano se dedica a gestionar una empresa de carpintería que heredó de su padre. El pequeño negocio familiar ha ido creciendo con el paso de los años y hoy en día tiene tanto éxito que Verano apenas tiene tiempo para algo que no sea la carpintería. Se pasa el día
encerrado en una pequeña oficina en el primer piso de su nave hablando con proveedores, negociando con clientes, cerrando balances y firmando contratos. Como apenas nos vemos, de vez en cuando le visito y tomamos café de máquina allí mismo, en su despacho, aunque siempre nos interrumpe alguno de sus empleados y el teléfono nunca deja de sonar.

Recuerdo que la última vez que estuve allí tenía sobre la mesa de su despacho una novela abierta. Al ver que me fijaba en ella, me comentó que cada hora dejaba durante cinco minutos lo que estuviera haciendo, lo que fuera, para leer aquella novela. Según me dijo, la ficción le daba el placer certero de la esperanza y la expectación, de lo imprevisible, todo lo que no encontraba entre los muros de su despacho, en la pantalla plana de su ordenador. Para Verano, detenerse en aquella novela durante cinco minutos o dos páginas cada hora es un aliciente para seguir en aquel trabajo heredado que tan poco le gusta. Aquella novela que leía Verano, curiosamente, la escribió otro amigo mío, a quien llamaremos Invierno. A Invierno le conocí en la Universidad cuando cayó en mis manos uno de sus poemas. En aquellos años Invierno escribía una poesía exquisita, incomparable, en la que hacía gala de una capacidad innata para crear imágenes donde los demás no veíamos nada. Después, como los lectores de sus poemas podía contarlos con los dedos de las manos, decidió cruzar a la orilla de la narrativa donde ha cosechado un éxito moderado que le permite, al menos, sobrevivir sin muchas dificultades y un cierto reconocimiento en el circuito literario.

Invierno, además, es un gran aficionado al bricolaje. Con los beneficios de su última novela –la misma que Verano tenía sobre la mesa de su oficina la última vez que le visité– se compró una pequeña casa de campo en la sierra madrileña que poco a poco ha ido amueblando él mismo. Curiosamente, la madera la compra en la carpintería de Verano. Me pareció una casualidad tan extraordinaria que cuando me enteré de aquella relación cruzada me la guardé para mí, pensando que quizá podría servirme de algo en el futuro. El caso es que el día que Invierno no encuentra una salida a la trama que está escribiendo o no consigue darle el perfil que busca a un personaje, se encierra en el sótano de su casa y construye una mesa o barniza un armario. Ese trabajo manual le da la calma que necesita para ser capaz de escribir de nuevo a la mañana siguiente.

Hace un par de días, estaba tomando un café en un bar del centro con Invierno, charlando acerca de nuestras penas narrativas, cuando se acercó Verano, que nos había visto desde la calle por donde caminaba buscando un regalo de San Valentín para su mujer. Les presenté, pero ninguno se dio cuenta de la relación indirecta que entre ellos existía. Yo no aclaré todo lo que sabía, aquellos lazos tan invisibles como firmes que les unían, y se trataron como dos desconocidos. Poco a poco, la conversación viró hacia la política y pronto descubrí que Verano e Invierno tenían ideologías muy diferentes, incluso opuestas, y el diálogo se convirtió en una agria discusión. Podría pensarse que simplemente cada uno de ellos trataba de dar su opinión sincera, pero la verdad es que en todo momento tuve la sensación de que no hablaban de lo que realmente creían sino de lo que el resto del
mundo esperaba de ellos. Mientras se enfrentaban yo no podía dejar de pensar que aquellos dos hombres eran imprescindibles el uno para el otro y se habían perdido en un mar de nadería ideológica que nada tenía que ver con su propia vida.

Era como si el gobierno y la oposición de un país imaginario no aprovecharan la oportunidad de enterrar para siempre el terrorismo de sus entrañas por no ceder en su testarudez y no decepcionar así a sus acólitos. Sería dar la espalda a la vida a cambio de una idea que no existe, de la dialéctica fatua de la mentira, ¿se lo imaginan?

 
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