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Quizá sea por el azúcar glasé que espolvorea
con el paso del tiempo mis difusos recuerdos, o por la lenta pero
incesante caída de mis afectos desde entonces, pero el caso
es que guardo con nostalgia en el buzón de mi memoria cada
pequeño gesto de Hache en su celestial terraza con la mística
que acoge la derrota, con la convicción que abriga la desesperanza.
Incluso en sus peores momentos, acuclillada y fea buscando el último
rayo del sol de septiembre en una esquina de aquella terraza que
nos resguardó en nuestro titubeo estival, en aquella esquina
que comenzaba a horadarse en nuestras vidas, Hache seguía
cautivándome. Recuerdo que se arrebujaba en sí misma
y ponía la mirada torva a causa de la luz escasa para poder
tejer aquellos gorros de colores que luego se calaba con la misma
elegancia que una corona.
Cuando paseábamos aquellas tardes del mes de agosto por las
asfixiadas calles de Madrid, los pocos viandantes que nos cruzábamos
por Carranza, Sagasta o Santa Engracia miraban a aquella Lady Marian
bohemia con la esperanza infundada de que les devolviera el guante
de sus ojos. Hache no pasaba inadvertida a nadie que se cruzara
en su camino, pero ella no prestaba atención a quienes la
rodeaban. Vivía absorta en la métrica enjaulada de
sus crucigramas y colgada de la calma levítica de aquellos
mojitos que sólo la llegada del otoño extinguió
cuando las hojas de hierbabuena se pudrieron en el cristal ácimo
de las despedidas. Echo de menos a mi amiga Hache recién
salida del cuarto de baño y envuelta en una toalla, siempre
con la Quiz en las manos, el lápiz en los labios y el ceño
fruncido en la búsqueda trabada de una palabra oculta en
el diccionario.
Sólo una vez quiso Hache que me probara uno de los gorros
que acababa de tejer. Era de noche, y habíamos estado gratinándonos
durante todo el día en la terraza. Yo tenía la piel
de un zulú por aquellas fechas y, en cuanto me vio con el
gorro, me dijo entre dos carcajadas:
- Quítate eso, David, pareces un alfil de negras. Ahora el
ajedrez me resulta tan ajeno como la prisa, pero no me gustaría
recordarte así cada vez que juegue una partida en uno de
esos asilos en los que acabaré buscando el amor tardío
que no borra la soledad, pero nos concede la oportunidad de compartir
con algún semejante las heridas.
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