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Madrid, miércoles 22 de febrero

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Corona de lana
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Quizá sea por el azúcar glasé que espolvorea con el paso del tiempo mis difusos recuerdos, o por la lenta pero incesante caída de mis afectos desde entonces, pero el caso es que guardo con nostalgia en el buzón de mi memoria cada pequeño gesto de Hache en su celestial terraza con la mística que acoge la derrota, con la convicción que abriga la desesperanza.

Incluso en sus peores momentos, acuclillada y fea buscando el último rayo del sol de septiembre en una esquina de aquella terraza que nos resguardó en nuestro titubeo estival, en aquella esquina que comenzaba a horadarse en nuestras vidas, Hache seguía cautivándome. Recuerdo que se arrebujaba en sí misma y ponía la mirada torva a causa de la luz escasa para poder tejer aquellos gorros de colores que luego se calaba con la misma elegancia que una corona.

Cuando paseábamos aquellas tardes del mes de agosto por las asfixiadas calles de Madrid, los pocos viandantes que nos cruzábamos por Carranza, Sagasta o Santa Engracia miraban a aquella Lady Marian bohemia con la esperanza infundada de que les devolviera el guante de sus ojos. Hache no pasaba inadvertida a nadie que se cruzara en su camino, pero ella no prestaba atención a quienes la rodeaban. Vivía absorta en la métrica enjaulada de sus crucigramas y colgada de la calma levítica de aquellos mojitos que sólo la llegada del otoño extinguió cuando las hojas de hierbabuena se pudrieron en el cristal ácimo de las despedidas. Echo de menos a mi amiga Hache recién salida del cuarto de baño y envuelta en una toalla, siempre con la Quiz en las manos, el lápiz en los labios y el ceño fruncido en la búsqueda trabada de una palabra oculta en el diccionario.

Sólo una vez quiso Hache que me probara uno de los gorros que acababa de tejer. Era de noche, y habíamos estado gratinándonos durante todo el día en la terraza. Yo tenía la piel de un zulú por aquellas fechas y, en cuanto me vio con el gorro, me dijo entre dos carcajadas:

- Quítate eso, David, pareces un alfil de negras. Ahora el ajedrez me resulta tan ajeno como la prisa, pero no me gustaría recordarte así cada vez que juegue una partida en uno de esos asilos en los que acabaré buscando el amor tardío que no borra la soledad, pero nos concede la oportunidad de compartir con algún semejante las heridas.

 
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