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Alguien me dijo una vez que el inconfundible estilo de Paul no
radicaba en su extenso vocabulario o sus educadas maneras, sino
en lo que se conoce como "tristeza sobria", que no es
otra cosa que asumir las desgracias que trae la vida ralentizando
el paso y agachando los párpados.
Ese gesto de Paul, su mirada dos cuerpos por detrás de sus
ojos, es el síntoma inequívoco de la pena que le acompaña,
la nostalgia de los buenos tiempos y los días de gloria,
ya saben, el cava seco y las rosas recién cortadas.
Cuando yo le conocí, mucho tiempo después de que alcanzara
el éxito, ya en plena bajada, sus obras sólo los vendían
en la prestigiosa librería de St. Mark’s Place en la
balda titulada “Para calzar mesas” junto a otros eminentes
ladrillos de la narrativa posmoderna.
Sin embargo, cuando leí la primera de aquellas novelas me
pareció tan irónica y negra, tan perfecta y sutil,
que los mejores relatos del gran Chandler a su
lado parecen papel cuché.
Pero ya era demasiado tarde. Para entonces la crítica y el
público le habían olvidado y sólo tenía
la compañía de una vieja máquina de escribir
que tarareaba las mejores historias que nunca he leído.
Aun así, Paul sabe que lo peor está aún por
llegar, cuando en sus novelas hable de sí mismo. Él
fue quien me lo dijo no hace mucho desde detrás de la nube
que emana de esos puritos que fuma sin parar:
- No te preocupes, David, dentro de poco mis novelas serán
tan complicadas de descifrar como la carta de El Bulli.
Me reí con su ocurrencia y él sonrió sólo
abriendo los ojos. Aproveché el momento para hablarle de
su peculiar manera de mirar, aquellos ojos siempre a punto de cerrarse.
- Es sólo una pose – me dijo – ya no sirve de
nada. Desde que murió mi mujer ya no veo sentido a la vida,
y no es una metáfora, amigo, es que tengo la pupila arrugada.
* Paul Benjamin nació en Brooklyn a mediados de los 90 de
la tinta de Paul
Auster.
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