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Madrid, miércoles 29 de marzo de 2006

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Lágrimas
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Ser alegre y vital no evita que existan momentos, lugares y situaciones en que el arrebatado dolor del desconsuelo devore la risa con la sutileza con que siempre se arrima la desgracia, ese cirro leve que cubre la dicha oscureciéndolo todo a su paso.

Eso era lo que le sucedía a mi amiga Hache cuando la tristeza se apoderaba de ella, cuando el miedo penetraba en su cuerpo y el ingenio y la pasión por la vida que siempre la acompañaban eran sustituidos por la melancolía futura ante una felicidad que nunca llegaría.
Sin embargo, Hache y yo logramos revertir aquellos momentos de pena gracias a que de su cuerpo emanaba la tristeza con el sabor añejo de la esperanza. Y es que con las lágrimas de Hache, que resbalaban incansables por el tobogán de su nariz aquellos días empozados, aliñábamos las ensaladas que nos refrescaron muchas noches aquel verano del noventa y nueve luminoso y tórrido como una buhardilla. Lloraba de tal manera mi querida Hache que cuando la iba a visitar en los días malos ya percibía el olor a humedad de su piel desde el rellano y era consciente entonces de que en su cuerpo llovido se deslizarían mis abrazos.

Además de aquellas lágrimas saladas, densas y nutritivas que escapaban de la celosía de su mirada, Hache suspiraba en aquellos días de afectación como nadie ha vuelto a hacerlo. Sus lamentos eran apenas perceptibles para eloído humano, pero recuerdo que poco a poco fueron desconchando la pared de su terraza hasta que quedó tan desnuda como mi amiga en las postrimerías del verano.

Fue entonces cuando recogimos la siembra de marihuana que después fumaríamos con placer, ya con el viento racheado de otoño limpiando nuestros rostros dorados por el sol estival. Una de aquellas noches, mareados, confusos y extasiados por la grifa, mi bella amiga me dijo:

- Si esta maría es tan buena, cariño, no es por la calidad de su semilla, la luz del verano ni la altura de esta terraza. Lo relevante es que estos porros no nos traen carcajadas sino la marchita luz de la nostalgia, la alegría célibe del pasado que no regresará jamás. ¿Y sabes por qué? Porque regué esas plantas con las lágrimas que he derramado estos últimos meses que, lo quieras o no, recordaremos hasta la eternidad.

No se equivocaba Hache, a quien tanto echo de menos cuando expulso sin pasión las lágrimas insípidas que trae a mis ojos cada verano su recuerdo.

 
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