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Ser alegre y vital no evita que existan momentos, lugares y situaciones
en que el arrebatado dolor del desconsuelo devore la risa con la
sutileza con que siempre se arrima la desgracia, ese cirro leve
que cubre la dicha oscureciéndolo todo a su paso.
Eso era lo que le sucedía a mi amiga Hache cuando la tristeza
se apoderaba de ella, cuando el miedo penetraba en su cuerpo y el
ingenio y la pasión por la vida que siempre la acompañaban
eran sustituidos por la melancolía futura ante una felicidad
que nunca llegaría.
Sin embargo, Hache y yo logramos revertir aquellos momentos de pena
gracias a que de su cuerpo emanaba la tristeza con el sabor añejo
de la esperanza. Y es que con las lágrimas de Hache, que
resbalaban incansables por el tobogán de su nariz aquellos
días empozados, aliñábamos las ensaladas que
nos refrescaron muchas noches aquel verano del noventa y nueve luminoso
y tórrido como una buhardilla. Lloraba de tal manera mi querida
Hache que cuando la iba a visitar en los días malos ya percibía
el olor a humedad de su piel desde el rellano y era consciente entonces
de que en su cuerpo llovido se deslizarían mis abrazos.
Además de aquellas lágrimas saladas, densas y nutritivas
que escapaban de la celosía de su mirada, Hache suspiraba
en aquellos días de afectación como nadie ha vuelto
a hacerlo. Sus lamentos eran apenas perceptibles para eloído
humano, pero recuerdo que poco a poco fueron desconchando la pared
de su terraza hasta que quedó tan desnuda como mi amiga en
las postrimerías del verano.
Fue entonces cuando recogimos la siembra de marihuana que después
fumaríamos con placer, ya con el viento racheado de otoño
limpiando nuestros rostros dorados por el sol estival. Una de aquellas
noches, mareados, confusos y extasiados por la grifa, mi bella amiga
me dijo:
- Si esta maría es tan buena, cariño, no es por la
calidad de su semilla, la luz del verano ni la altura de esta terraza.
Lo relevante es que estos porros no nos traen carcajadas sino la
marchita luz de la nostalgia, la alegría célibe del
pasado que no regresará jamás. ¿Y sabes por
qué? Porque regué esas plantas con las lágrimas
que he derramado estos últimos meses que, lo quieras o no,
recordaremos hasta la eternidad.
No se equivocaba Hache, a quien tanto echo de menos cuando expulso
sin pasión las lágrimas insípidas que trae
a mis ojos cada verano su recuerdo.
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