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Uno de mis momentos preferidos del día, uno de mis pequeños
placeres, una de mis íntimas satisfacciones, es coger cada
mañana el periódico un poco antes del amanecer y buscar,
en su rincón par e interior, esa viñeta de Forges
que va a extirpar de mis labios disecados una sonrisa y va a darme
fuerzas para empezar un viejo día.
Tras cuatro jornadas de asueto, perdido en algún lugar de
Ítaca entre la montaña y el mar, la vuelta a la realidad
cruda, sin hacer, sin madurar, a la vida repetitiva e insípida
guiada por la marcha militar de la rutina, es un poco más
liviana gracias a la viñeta de Forges, que resulta aún
más alentadora que de costumbre. Su crítica a este
sistema que creamos cada día con nuestros delitos y faltas
cotidianos, a esta sociedad de los contratos basura, la especulación
inmobiliaria y la televisión revenida, es también
la nuestra, que, sin él y otros como él, tendría
el efecto revolucionario de un susurro.
Intuyo que Forges vive en una situación acomodada, consecuencia
de su extraordinario talento y su años de trabajo, de papel
y pluma, de valor e ingenio creativo. Sin embargo, el gran Forges
no nos ha abandonado nunca. Ya no es tan joven, imagino que ya no
estará ligado a unas condiciones laborales execrables, seguramente
ya no le resulte tan complicado llegar a fin de mes. Sin embargo,
nos abraza cada mañana desde su rincón par e interior,
sobre todo a nosotros, los jóvenes, quienes debemos agradecérselo
alzando la voz, tratando de dignificar nuestra vida, nuestra condición,
porque, aunque no lo creamos, muchos como él están
deseando que nos levantemos y les demos la razón avalando
su fe en nosotros.
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