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Las autopistas de la información, palabras con que los sociólogos
y teóricos de la comunicación han creído definir
nuestro tiempo, han devenido, en mi opinión, en una oxidada
y quejosa vía estrecha. Si algo caracteriza a estos días
que nos ha tocado vivir, es, sin lugar a dudas, la incomunicación.
El DRAE define a ésta como “la acción y el efecto
de incomunicar” verbo que a su vez es descrito como “aislarse,
negarse al trato con otras personas, por temor, melancolía
u otra causa”. En otras palabras, la soledad.
El teléfono, la televisión, o Internet, por citar
los tres medios de comunicación más utilizados en
la actualidad, no podrán llegar jamás a la relación
que emana del contacto físico, la mirada cómplice
o la dicción corporal.
La máxima expresión de esta realidad, la escuchamos
y decimos a todas horas:
- Cuando llegues, hazme una llamada perdida.
Esta locución encierra el absurdo de nuestro tiempo, la soledad
que nos acompaña en nuestras relaciones, los repetidos contactos
mutilados con nuestros semejantes. No es extraño que cuanto
mayores sean las aparentes posibilidades de entablar una amistad,
de conocer a alguien nuevo, de entrar en un grupo diferente, más
difícil sea hacerlo realidad, y no hagamos más que
llamadas perdidas, gritos mudos ante puertas cerradas. Es como si
hubiéramos salido del pueblo, donde todos eran nuestros íntimos
–amigos y enemigos-, para mudarnos a la gran ciudad, en la
que vivimos en un inmenso edificio de apartamentos rodeados de potenciales
amigos de los que sólo sabremos, años después,
las breves palabras meteorológicas del ascensor.
Estamos condenados al naufragio urbano, al aislamiento social. Nos
conformamos con pensar que, si queremos, podemos chatear con un
granjero de Iowa desde nuestra sala de estar, pero no es más
que la manera de ocultar la tragedia que supone dormirse cada noche
con la radio encendida para sentir la cercanía de un desconocido
en la búsqueda de un plácido sueño que nunca
va a hacerse realidad.
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