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Aunque no haya uvas, misa de gallo ni matasuegras que llevarte
a la boca, el año termina estos días, no te engañes.
La navidad no es más que una brecha sentimental, una felicidad
patrocinada, pero la verdadera ruptura, la quiebra vital se produce
ahora, y lo sabes.
La primera muesca del cambio la percibiste en la noche de San Juan,
cuando sentiste que junto al muñeco de trapo y la mecedora
de la abuela se quemaban un año de ilusiones agostadas. Te
convenciste, poco después, en la excursión de fin
de curso, porque de vuelta a casa comprendiste que las fotografías
digitales que tomaste junto al lago no almacenan el olor de Paula,
cuya espalda ya no volverás a ver hasta la tercera semana
de septiembre en clase de matemáticas.
Los proyectos del invierno, amparados por el frío y la noche,
han ido languideciendo con el paso de los meses hasta secarse como
el jardín de la casa que nunca tendrás, y tu piel,
tras un par de días al sol, mudará como la de las
culebras que recortabas cuando apenas eras un bebé en el
pueblo de tus padres.
Sabes que, además, en el nuevo año no llegarás
a ser feliz porque el verano trae consigo junto al calor las expectativas
desmesuradas, ese amor idílico y pasajero que no llegará
más que en las películas de sobremesa y porque la
felicidad interminable se quedó en la tierna infancia, en
aquellos días eternos en los que se sucedían risas,
chapuzones y frigopiés, con la única sensación
de que la noche no era más que el intervalo entre dos fiestas.
A pesar de todo, abrigas la esperanza de conocer en el nuevo año
el amor eterno y bilabial o, al menos, olvidar el desamor perpetuo,
el rechazo incesante a tus propuestas honestas, profundas y firmes
como el foso de ese castillo que edificarás este verano en
la arena húmeda de San Lorenzo sin saber que la marea de
la vida lo derrumbará en cuanto te vayas a buscar a casa
las paletas.
Feliz año.
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