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Madrid, miércoles 20 de septiembre de 2006

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Super 8

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En la sala de estar -a veces- del apartamento de Torrevieja, las sillas de mimbre guardan en sus oquedades el fausto murmullo del verano: la luz magra del alba, las conversaciones triviales y despreocupadas de julio, los silbidos ventosos de la siesta. El problema es que, además de esos momentos de extrema placidez, las mismas varas también acogen la quejumbre reumática de las postrimerías de agosto, el dolor silencioso de la llegada del final, la sombra acuciante de la rutina.

Ya en la terraza, el olor a cloro te trae el recuerdo de los buenos tiempos, aquel pasado mudo en el que tus hijos chapoteaban ante el tomavistas ignorando que, años más tarde, dejarían para siempre de nadar, de soñar y de creer en la dulce eternidad que acompaña a la infancia, inconscientes como eran entonces de que se iban a ver superados por el arrollador desgaste de la felicidad, convertida en un almacén de espinas romas, marchitadas por el devenir cotidiano.

Sin saber por qué, piensas en las pequeñas catástrofes diarias, las lamentables desdichas que siempre te acompañan: el café amargo de las once, las herramientas de Excel, el estampado puntillista con olor a nicotina de la tapicería del coche.

Pasas por delante de la piscina de arena llamada Mediterráneo y sientes que quizá deberías seguir avanzando, sin mirar atrás, con la esperanza de encontrar más allá de la inexistente marea un lugar en el que merezca la pena seguir vivo. Pero no lo haces, consciente de que no tienes a dónde ir y sabiendo que, en el fondo, el remedio a la tristeza está en tu propia casa, en las películas de ocho milímetros que, en cuanto llegues a Madrid, proyectarás sobre la pared estucada del salón para disfrutar, en primera fila, de los días alumbrados de tu vida, de lo que, no hace demasiado, fue tu felicidad.

 
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