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En la sala de estar -a veces- del apartamento de Torrevieja, las
sillas de mimbre guardan en sus oquedades el fausto murmullo del
verano: la luz magra del alba, las conversaciones triviales y despreocupadas
de julio, los silbidos ventosos de la siesta. El problema es que,
además de esos momentos de extrema placidez, las mismas varas
también acogen la quejumbre reumática de las postrimerías
de agosto, el dolor silencioso de la llegada del final, la sombra
acuciante de la rutina.
Ya en la terraza, el olor a cloro te trae el recuerdo de los buenos
tiempos, aquel pasado mudo en el que tus hijos chapoteaban ante
el tomavistas ignorando que, años más tarde, dejarían
para siempre de nadar, de soñar y de creer en la dulce eternidad
que acompaña a la infancia, inconscientes como eran entonces
de que se iban a ver superados por el arrollador desgaste de la
felicidad, convertida en un almacén de espinas romas, marchitadas
por el devenir cotidiano.
Sin saber por qué, piensas en las pequeñas catástrofes
diarias, las lamentables desdichas que siempre te acompañan:
el café amargo de las once, las herramientas de Excel, el
estampado puntillista con olor a nicotina de la tapicería
del coche.
Pasas por delante de la piscina de arena llamada Mediterráneo
y sientes que quizá deberías seguir avanzando, sin
mirar atrás, con la esperanza de encontrar más allá
de la inexistente marea un lugar en el que merezca la pena seguir
vivo. Pero no lo haces, consciente de que no tienes a dónde
ir y sabiendo que, en el fondo, el remedio a la tristeza está
en tu propia casa, en las películas de ocho milímetros
que, en cuanto llegues a Madrid, proyectarás sobre la pared
estucada del salón para disfrutar, en primera fila, de los
días alumbrados de tu vida, de lo que, no hace demasiado,
fue tu felicidad.
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