|
El único rostro y la única voz que siempre me han
forzado a cambiar de canal, a saltar de página o a mover
el dial son los de Eduardo Zaplana. Acostumbro
a escuchar a los políticos, sea cual sea su orientación,
de Martín Pujalte a Pepe Blanco,
de Carod Rovira a George Bush, por citar algunos
de dudosa capacidad oratoria y que raras veces han dicho una sola
palabra que me interesara.
Pero nunca he soportado la sola presencia de Zaplana y siempre le
he tratado de evitar. Sin embargo, para mi sorpresa, las últimas
veces que hemos coincidido no he sentido desprecio ni repulsión,
sino la indiferencia ante lo que no puede ser de otra manera.
Supongo que sólo nos decepcionan aquellas personas a quienes
estimamos, que únicamente nos desilusiona la falla ética
a quienes se la suponíamos.
Siguiendo en la distancia la polémica desatada hace unas
semanas por las declaraciones metonímicas de Pepe
Rubianes, y partiendo de su propia justificación,
en la que señalaba que sus palabras iban dirigidas a un grupo
muy determinado de nostálgicos de una España ominosa,
lo cierto es que un artista es algo más que un albañil
de los pinceles o un oficinista de las palabras. Un artista ha de
ser considerado no sólo por su capacidad para escribir un
relato, cubrir un lienzo o interpretar un papel, sino por un talante
vital que muestra, si no en todo momento, sí por lo menos
en sus apariciones públicas.
Hablo de Groucho Marx, de Chaplin,
de Quevedo. Ellos nos enseñaron que existía
el sarcasmo, la sátira, la parodia, el humor inteligente
como placebo contra el poder establecido, el comentario sardónico
ante la estulticia.
Nadie puede censurar la libertad de expresión de Rubianes,
ni prohibirle que
e gane la vida con sus estupendos trabajos, pero también
él debe asumir que, aunque tenga derecho a criticar a los
defensores de una España que ninguno deseamos, puede que
no sea un artista y, quizás, nunca lo haya sido.
|