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Madrid, miércoles 11 de octubre de 2006

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El único rostro y la única voz que siempre me han forzado a cambiar de canal, a saltar de página o a mover el dial son los de Eduardo Zaplana. Acostumbro a escuchar a los políticos, sea cual sea su orientación, de Martín Pujalte a Pepe Blanco, de Carod Rovira a George Bush, por citar algunos de dudosa capacidad oratoria y que raras veces han dicho una sola palabra que me interesara.

Pero nunca he soportado la sola presencia de Zaplana y siempre le he tratado de evitar. Sin embargo, para mi sorpresa, las últimas veces que hemos coincidido no he sentido desprecio ni repulsión, sino la indiferencia ante lo que no puede ser de otra manera.

Supongo que sólo nos decepcionan aquellas personas a quienes estimamos, que únicamente nos desilusiona la falla ética a quienes se la suponíamos.

Siguiendo en la distancia la polémica desatada hace unas semanas por las declaraciones metonímicas de Pepe Rubianes, y partiendo de su propia justificación, en la que señalaba que sus palabras iban dirigidas a un grupo muy determinado de nostálgicos de una España ominosa, lo cierto es que un artista es algo más que un albañil de los pinceles o un oficinista de las palabras. Un artista ha de ser considerado no sólo por su capacidad para escribir un relato, cubrir un lienzo o interpretar un papel, sino por un talante vital que muestra, si no en todo momento, sí por lo menos en sus apariciones públicas.

Hablo de Groucho Marx, de Chaplin, de Quevedo. Ellos nos enseñaron que existía el sarcasmo, la sátira, la parodia, el humor inteligente como placebo contra el poder establecido, el comentario sardónico ante la estulticia.

Nadie puede censurar la libertad de expresión de Rubianes, ni prohibirle que
e gane la vida con sus estupendos trabajos, pero también él debe asumir que, aunque tenga derecho a criticar a los defensores de una España que ninguno deseamos, puede que no sea un artista y, quizás, nunca lo haya sido.

 
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