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Madrid, miércoles 1 de noviembre de 2006

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Palabras viejas

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Para mi amigo Lorenzo, el tiempo no es más que un almacén de palabras, el archivo diario de conversaciones que se alejan de uno mismo noche tras noche con la nítida crueldad de la parsimonia. La tristeza no es para él el temor a olvidar esos momentos sino la sensación de que jamás existieron realmente, que quien recuerda aquellas charlas nada tiene que ver con quien las pronunció un día. En su viejo corazón no le guarda rencor al agostamiento físico ni alberga la esperanza de un espléndido final. Me lo dijo la semana pasada, sentado en el mismo poyete de la plaza en el que ha visto escaparse el sol los últimos quince años:

- Lo peor de todo no son las arrugas, sino este olor a iglesia cerrada que coge el cuerpo.
A nadie como a Lorenzo le puede doler tanto tener el aroma de la capilla del pueblo, a él que sólo pisó la casa de dios cuando fue a reparar las vidrieras que había roto Ronaldinho de un balonazo.

Era tal su ateísmo que ni siquiera se convirtió a la fe cuando aquella tarde, mientras trabajaba en el rosetón de la fachada, la Virgen de la Escalera bajó desde el coro y se presentó a los que allí estaban: el cura Farnesio, el monaguillo Josín y un peón rumano al que llamaban Lacatus. La virgen descendió desnuda desde el cielo de la Iglesia, les iluminó y volvió a irse sin mediar palabra.

Desde aquella breve aparición nada ha sido lo mismo: la vida turística del pueblo se ha revitalizado, el cura conduce un Jaguar y el pobre Lacatus duerme en el psiquiátrico de la capital, donde destaca como media punta del equipo de fútbol de los internos.
Pero a mi amigo Lorenzo aquello no le impresionó lo más mínimo:

- Créeme - me dijo - estuvo bien pero, no era tan guapa como para adorarla y, al ritmo que subió no llegará al cielo hasta dentro de unos cuantos años.

No lo sé, pero, a estas alturas, cualquiera que se entrene un poco podría
levitar más rápido.

- ¿Entonces aún no eres creyente?

- No, amigo, aquello no cambia nada. No puedo admirar a alguien que me interrumpe en mi trabajo y no se molesta en pronunciar ni una vieja palabra.

 
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