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Para mi amigo Lorenzo, el tiempo no es más que un almacén
de palabras, el archivo diario de conversaciones que se alejan de
uno mismo noche tras noche con la nítida crueldad de la parsimonia.
La tristeza no es para él el temor a olvidar esos momentos
sino la sensación de que jamás existieron realmente,
que quien recuerda aquellas charlas nada tiene que ver con quien
las pronunció un día. En su viejo corazón no
le guarda rencor al agostamiento físico ni alberga la esperanza
de un espléndido final. Me lo dijo la semana pasada, sentado
en el mismo poyete de la plaza en el que ha visto escaparse el sol
los últimos quince años:
- Lo peor de todo no son las arrugas, sino este olor a iglesia cerrada
que coge el cuerpo.
A nadie como a Lorenzo le puede doler tanto tener el aroma de la
capilla del pueblo, a él que sólo pisó la casa
de dios cuando fue a reparar las vidrieras que había roto
Ronaldinho de un balonazo.
Era tal su ateísmo que ni siquiera se convirtió a
la fe cuando aquella tarde, mientras trabajaba en el rosetón
de la fachada, la Virgen de la Escalera bajó desde el coro
y se presentó a los que allí estaban: el cura Farnesio,
el monaguillo Josín y un peón rumano al que llamaban
Lacatus. La virgen descendió desnuda desde el cielo de la
Iglesia, les iluminó y volvió a irse sin mediar palabra.
Desde aquella breve aparición nada ha sido lo mismo: la vida
turística del pueblo se ha revitalizado, el cura conduce
un Jaguar y el pobre Lacatus duerme en el psiquiátrico de
la capital, donde destaca como media punta del equipo de fútbol
de los internos.
Pero a mi amigo Lorenzo aquello no le impresionó lo más
mínimo:
- Créeme - me dijo - estuvo bien pero, no era tan guapa como
para adorarla y, al ritmo que subió no llegará al
cielo hasta dentro de unos cuantos años.
No lo sé, pero, a estas alturas, cualquiera que se entrene
un poco podría
levitar más rápido.
- ¿Entonces aún no eres creyente?
- No, amigo, aquello no cambia nada. No puedo admirar a alguien
que me interrumpe en mi trabajo y no se molesta en pronunciar ni
una vieja palabra.
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