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- Mira, soy surrealista - me dijo mostrándome una hormiga
que vagabundeaba por el dorso de su mano derecha, escalando los
hermosos nudillos de mi amiga Hache sin saber cómo había
ido a parar a aquella desconocida cordillera. Estábamos,
como ahora, a comienzos de diciembre y la navidad ya acechaba desde
los jardines y los bajos comerciales de Madrid, aún muy lejos,
no obstante, de nuestro rincón pagano de la calle Acuerdo.
Desde aquella tarde siempre que se acercan estas fechas recuerdo
a la hormiga dando vueltas en aquel desierto cremoso que era la
piel de Hache, el mismo caminar errante que sigo yo en esta época
del año, incapaz de hallar alguien con quien compartir los
mazapanes, las rancheras y los recuerdos que se van quedando en
el camino.
Aquella tarde Hache estaba cocinando una de sus espléndidas
quiches, cuando por la campana extractora comenzaron a subir los
primeros humos de la navidad: el aroma del cordero estofado y las
carcajadas huecas de la convención, aquellas risas achampanadas
que imitaban de forma grotesca la verdadera felicidad que nadie
encuentra en estos días.
Recuerdo aquella tarde cada nuevo diciembre, aunque dudo que Hache,
tan ajena siempre a la vida cotidiana, supiera entonces que se avecinaba
la navidad. De hecho, las primeras luces de las fiestas nos sorpendieron
allí mismo y Hache interrumpió el silbido que siempre
acompañaba sus pensamientos para decir mirando las bombillas
de la calle:
- ¿Pero ya ha empezado la Feria? Caramba, ya estamos en abril
y ni siquiera recuerdo haberme puesto el abrigo en todo el invierno.
Pasa todo tan rápido que mientras hablamos ya estamos en
silencio.
No entendí aquella frase pero sé que no bromeaba
y comprendí que nuestras conversaciones serían poco
a poco tragadas por el paso de los años hasta desaparecer
para siempre, convertidas ahora en estas líneas torcidas
que jamás merecerán los días que las inspiraron.
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