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Madrid, miércoles 13 de diciembre de 2006

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En el metro

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Las agujas del reloj no marcaban nada porque era digital pero en la pantalla de LCD leí: 7:56 a..m. Quedaban pues cuatro minutos para que comenzara mi jornada laboral y estaba sentado, como todos los días desde hace ni me acuerdo, en un asiento del último vagón de la línea 9 del metro de Madrid, a la espera de llegar a la parada de Herrera Oria, final de trayecto y -gris, inamovible, cruel- destino de mis quehaceres cotidianos. En ese momento, me restaban apenas cuatro páginas para concluir París no se acaba nunca, un libro de Enrique Vila-Matas que, al contrario de lo que su título insinuaba, estaba disfrutando de tal manera que se me había pasado volando entre los dedos.

En ese momento, pues, me vi en una encrucijada: o cerraba el libro postergando el dulce placer de su conclusión o me quedaba allí leyéndolo hasta el final.

Decidí hacer lo segundo en homenaje a la satisfacción que me habían dado sus páginas durante toda la semana y seguí leyendo mientras el metro llegaba a la estación, los viajeros se apeaban, otros nuevos –recién duchados y desayunados- se montaban e iniciábamos todos el camino en dirección contraria. Tardé una parada más en terminar la novela-ensayo-autobiografía y me sentí radiante ante aquella pequeña batalla que había librado y vencido a mi rutina. Salí del metro en cuanto lo acabé y fui caminando durante algo más de veinte minutos hasta la oficina. Cuando llegué las agujas del reloj de cuco no marcaban nada porque es digital, pero en la pantalla de LCD leí: 8:36 a.m.

Mi jefe, lacónico, me dijo “Llegas tarde, ponte a escribir”.

Y así lo hice, feliz de haber hallado una nueva columna con que alumbrar mis errabundos pasos.

 

 
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