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Las agujas del reloj no marcaban nada porque era digital pero
en la pantalla de LCD leí: 7:56 a..m. Quedaban pues cuatro
minutos para que comenzara mi jornada laboral y estaba sentado,
como todos los días desde hace ni me acuerdo, en un asiento
del último vagón de la línea 9 del metro de
Madrid, a la espera de llegar a la parada de Herrera Oria, final
de trayecto y -gris, inamovible, cruel- destino de mis quehaceres
cotidianos. En ese momento, me restaban apenas cuatro páginas
para concluir París no se acaba nunca, un libro de Enrique
Vila-Matas que, al contrario de lo que su título
insinuaba, estaba disfrutando de tal manera que se me había
pasado volando entre los dedos.
En ese momento, pues, me vi en una encrucijada: o cerraba el libro
postergando el dulce placer de su conclusión o me quedaba
allí leyéndolo hasta el final.
Decidí hacer lo segundo en homenaje a la satisfacción
que me habían dado sus páginas durante toda la semana
y seguí leyendo mientras el metro llegaba a la estación,
los viajeros se apeaban, otros nuevos –recién duchados
y desayunados- se montaban e iniciábamos todos el camino
en dirección contraria. Tardé una parada más
en terminar la novela-ensayo-autobiografía y me sentí
radiante ante aquella pequeña batalla que había librado
y vencido a mi rutina. Salí del metro en cuanto lo acabé
y fui caminando durante algo más de veinte minutos hasta
la oficina. Cuando llegué las agujas del reloj de cuco no
marcaban nada porque es digital, pero en la pantalla de LCD leí:
8:36 a.m.
Mi jefe, lacónico, me dijo “Llegas tarde, ponte a escribir”.
Y así lo hice, feliz de haber hallado una nueva columna con
que alumbrar mis errabundos pasos.
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