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Madrid, miércoles 20 de diciembre de 2006

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Cóctel de Navidad

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La bola de granizo cayó en su copa desde la nube contaminada de Madrid con la rectitud y precisión que sólo traen consigo las malas noticias. Laura miró entonces el cava y vio cómo las burbujas huían despavoridas de aquel pedazo de frío esférico. Se las llevó a la boca y en su descenso punzaron las heridas abiertas en un pecho harto de esperar. Aquel licor aguado le recordó su propia mirada, los ojos humedecidos por el ajenjo y la distancia, aquellos iris en otro tiempo verdes y ahora descoloridos después de tantas noches en vela, sus pupilas que habían pasado de la admiración a la deriva.
Uno de sus compañeros en la oficina, adjunto a la subsecretaría de la sección adscrita al departamento de operaciones, se acercó a ella vistiendo una sonrisa falsa y comercial, la misma con la que estafaba a sus clientes por teléfono, exacta a la que esgrimía ante el jefe de producción. Laura estaba apoyada en la barandilla de metal, con los restos de su mirada derramados por su ciudad adoptiva:

- Menudo frío que hace en esta azotea, ¿no?

- Tú no sabes lo que es el frío.

Él no varió aquella mueca artificial y se fue por donde había llegado. Sin embargo, antes de abandonarla chocaron sus copas para felicitarse el nuevo año, y entonces el cristal se quebró en mil pedazos del mismo modo que la vida de Laura, que se abrió bajo sus pies. El cava se derramó por el suelo, el viento de la tempestad azotó su bufanda negra, mi reloj se paró y un mazapán se encasquilló en la faringe o quizás el sebáceo corazón del director de recursos humanos. Laura fue hacia él, le golpeó en la espalda y el dulce voló hasta la boca acechante de una gaviota extraviada que se fue, como Laura, sin que nadie la volviera a ver jamás.

Feliz Navidad.

 
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