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La bola de granizo cayó en su copa desde la nube contaminada
de Madrid con la rectitud y precisión que sólo traen
consigo las malas noticias. Laura miró entonces el cava y
vio cómo las burbujas huían despavoridas de aquel
pedazo de frío esférico. Se las llevó a la
boca y en su descenso punzaron las heridas abiertas en un pecho
harto de esperar. Aquel licor aguado le recordó su propia
mirada, los ojos humedecidos por el ajenjo y la distancia, aquellos
iris en otro tiempo verdes y ahora descoloridos después de
tantas noches en vela, sus pupilas que habían pasado de la
admiración a la deriva.
Uno de sus compañeros en la oficina, adjunto a la subsecretaría
de la sección adscrita al departamento de operaciones, se
acercó a ella vistiendo una sonrisa falsa y comercial, la
misma con la que estafaba a sus clientes por teléfono, exacta
a la que esgrimía ante el jefe de producción. Laura
estaba apoyada en la barandilla de metal, con los restos de su mirada
derramados por su ciudad adoptiva:
- Menudo frío que hace en esta azotea, ¿no?
- Tú no sabes lo que es el frío.
Él no varió aquella mueca artificial y se fue por
donde había llegado. Sin embargo, antes de abandonarla chocaron
sus copas para felicitarse el nuevo año, y entonces el cristal
se quebró en mil pedazos del mismo modo que la vida de Laura,
que se abrió bajo sus pies. El cava se derramó por
el suelo, el viento de la tempestad azotó su bufanda negra,
mi reloj se paró y un mazapán se encasquilló
en la faringe o quizás el sebáceo corazón del
director de recursos humanos. Laura fue hacia él, le golpeó
en la espalda y el dulce voló hasta la boca acechante de
una gaviota extraviada que se fue, como Laura, sin que nadie la
volviera a ver jamás.
Feliz Navidad.
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