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Cuenta la leyenda, que no es otra cosa que la voz agrietada y
en ocasiones perdida en el tiempo de Alfred Sparc, que el mejor
escritor de Itálica responde (o no) al nombre de Max Sandini.
Sin embargo, nadie que visite por vez primera El país
de las letras inclinadas puede imaginar que ese hombre de nariz
persa, ojos hundidos en las cuencas y vago pasear, haya sido el
creador de obras maestras como La manzana del asiento trasero,
Al pez soez nadie le tose o Álgebra marina.
De hecho, cuando muchos de sus admiradores se acercan hasta su refugio
en la campiña tras varias horas de viaje entre robles, castaños
y narcisos, y se lo encuentran recorriendo con pesadumbre un descuidado
jardín, le suelen preguntar :
- ¿Qué hace Max? ¿Ya no escribe?
- Eso es lo que estoy haciendo ¿o no lo ve? – responde
el genio Sandini antes de postrar de nuevo su mirada en la hierba.
Y es que Sandini, a primera vista, parece un hombre derribado, “una
flecha rota”, nos relata Alfred Sparc, el clásico escritor
arrinconado por los personajes de sus propias novelas.
Cuando no pasea buscando nuevas tramas, diálogos y situaciones
para sus libros, el gran Sandini mira a través de la ventana
el paisaje montañoso de Itálica, el friso dieciochesco
del que nunca sale aunque haya sido invitado por las universidades
más prestigiosas y las tertulias de radio más infectas
a hablar acerca de su asombrosa narrativa.
Para Max Sandini la vida no es más que un paseo breve y un
cristal anotado, porque ya nada tiene importancia para él
a excepción de la felicidad de sus lectores que ya esperan
con avidez su nueva novela, “la segunda parte de Primera
parte que se titulará, casi con toda seguridad, Segunda
Parte, si no cambia de opinión” le hemos oído
a Alec Sparc.
- Al fin y al cabo – continúa Sparc – él
no es más que un político español puesto del
revés, alguien que no piensa en sí mismo, sólo
en la gente que le rodea.
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