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Madrid, miércoles 14 de febrero de 2007

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David Barreiro en el jardón de senderos que se bifurcan

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Me olvidé el libro de Pessoa en la mesa de la oficina y, cuando ya estaba en la parada del autobús, di la vuelta a por él. Si no hubiera estado disfrutando tanto de esos poemas jamás hubiera regresado y el resto de acontecimientos increíbles de aquel día no hubieran sucedido.

El caso es que catorce minutos más tarde estaba de nuevo en la parada de autobús leyendo pero soy siempre yo, asentado sobre los mismos pies cuando una sombra se cernió sobre el libro obligándome a levantar la vista.

Entonces le ví.

- Hola - me dijo.
- Hola - contesté.

Ninguno de los dos salía de su asombro.

- Te he visto desde aquella acera de allí - señaló con el dedo - y no podía creerlo, ¿has visto cómo nos parecemos?

Él tenía el pelo más corto, no llevaba barba y estaba más delgado pero, por lo demás, éramos como dos gotas de agua.

- ¿Quién coño eres? –- le pregunté, pero por mi mente ya vagaba la idea de un hermano gemelo.
- Me llamo David Barreiro, me dijo - ¿y tú?

En lugar de contestar traté de encajar el mareo apoyándome en el cristal de la marquesina para no caerme al suelo. Cerré los ojos junto al libro de Pessoa y respiré hondo.
No podía ser verdad.

Treinta minutos más tarde estábamos tomando una copa en una cafetería del centro de Madrid. Entonces comenzamos a repasar nuestras vidas. Durante un par de horas no hallamos sentido a lo que sucedía, sólo recordamos momentos de nuestra infancia como dos viejos amigos, hasta que llegamos a la fecha clave, el día del examen de ingreso en la facultad de periodismo, en Salamanca.

- Suspendí – me dijo – me salió de pena.
- ¡Yo aprobé! – grité ante la mirada sorprendida del resto de clientes de la cafetería que ya bastante extrañados estaban de ver a dos tipos tan parecidos.

Seguimos tirando del hilo y llegamos a la conclusión de que aquel día nos bifurcamos y, mientras yo me quedaba estudiando periodismo en Salamanca, mi otro yo - a quien llamaremos Divad – se matriculaba en Derecho en Oviedo.

- ¿Qué tal te ha ido? – le pregunté.
- Bien - contestó Divad quien a esas alturas ya me pareció un poco ególatra - tengo un bufete de abogados y estoy forrado de cojones. Sé portugués, alemán y tengo un Porsche 911 Carrera. Además, me casé con Marián.

Recordé a Marián. Mi amor platónico del instituto. Ojos verdes, morena, alta, lista, simpática, inaccesible.

- ¿Y tú? - me preguntó.
- Yo soy escritor aficionado.

Puso cara de alivio y miró el reloj.

- Bueno, tengo que irme. A las ocho cojo un avión a Asturias. Mañana es el cumpleaños de mi madre.

Se me había olvidado y él lo notó.

- No te preocupes – me dijo – le he comprado una pulsera de diamantes. Ya sabes lo que le gustan.

No lo sabía.
Nos despedimos y al llegar a casa llamé a mi madre.

- ¿Qué quieres que te regale mañana para el cumpleaños, mamá?
- Había pensado en que me prestaras el último libro de Baricco, ¿qué opinas?
- Hecho.

Colgué y me tumbé sobre la cama, feliz de haber aprobado aquel examen.

 
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