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Me olvidé el libro de Pessoa en la mesa
de la oficina y, cuando ya estaba en la parada del autobús,
di la vuelta a por él. Si no hubiera estado disfrutando tanto
de esos poemas jamás hubiera regresado y el resto de acontecimientos
increíbles de aquel día no hubieran sucedido.
El caso es que catorce minutos más tarde estaba de nuevo
en la parada de autobús leyendo pero soy siempre yo, asentado
sobre los mismos pies cuando una sombra se cernió sobre el
libro obligándome a levantar la vista.
Entonces le ví.
- Hola - me dijo.
- Hola - contesté.
Ninguno de los dos salía de su asombro.
- Te he visto desde aquella acera de allí - señaló
con el dedo - y no podía creerlo, ¿has visto cómo
nos parecemos?
Él tenía el pelo más corto, no llevaba barba
y estaba más delgado pero, por lo demás, éramos
como dos gotas de agua.
- ¿Quién coño eres? –- le pregunté,
pero por mi mente ya vagaba la idea de un hermano gemelo.
- Me llamo David Barreiro, me dijo - ¿y
tú?
En lugar de contestar traté de encajar el mareo apoyándome
en el cristal de la marquesina para no caerme al suelo. Cerré
los ojos junto al libro de Pessoa y respiré hondo.
No podía ser verdad.
Treinta minutos más tarde estábamos tomando una copa
en una cafetería del centro de Madrid. Entonces comenzamos
a repasar nuestras vidas. Durante un par de horas no hallamos sentido
a lo que sucedía, sólo recordamos momentos de nuestra
infancia como dos viejos amigos, hasta que llegamos a la fecha clave,
el día del examen de ingreso en la facultad de periodismo,
en Salamanca.
- Suspendí – me dijo – me salió de pena.
- ¡Yo aprobé! – grité ante la mirada sorprendida
del resto de clientes de la cafetería que ya bastante extrañados
estaban de ver a dos tipos tan parecidos.
Seguimos tirando del hilo y llegamos a la conclusión de que
aquel día nos bifurcamos y, mientras yo me quedaba estudiando
periodismo en Salamanca, mi otro yo - a quien llamaremos Divad –
se matriculaba en Derecho en Oviedo.
- ¿Qué tal te ha ido? – le pregunté.
- Bien - contestó Divad quien a esas alturas ya me pareció
un poco ególatra - tengo un bufete de abogados y estoy forrado
de cojones. Sé portugués, alemán y tengo un
Porsche 911 Carrera. Además, me casé con Marián.
Recordé a Marián. Mi amor platónico del instituto.
Ojos verdes, morena, alta, lista, simpática, inaccesible.
- ¿Y tú? - me preguntó.
- Yo soy escritor aficionado.
Puso cara de alivio y miró el reloj.
- Bueno, tengo que irme. A las ocho cojo un avión a Asturias.
Mañana es el cumpleaños de mi madre.
Se me había olvidado y él lo notó.
- No te preocupes – me dijo – le he comprado una pulsera
de diamantes. Ya sabes lo que le gustan.
No lo sabía.
Nos despedimos y al llegar a casa llamé a mi madre.
- ¿Qué quieres que te regale mañana para el
cumpleaños, mamá?
- Había pensado en que me prestaras el último libro
de Baricco, ¿qué opinas?
- Hecho.
Colgué y me tumbé sobre la cama, feliz de haber aprobado
aquel examen.
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