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Madrid, miércoles 28 de febrero de 2007

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Golpes

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Lo malo de Paloma Palacios no era que su belleza se hubiera ajado como mi porvenir sino que a su menoscabo físico había añadido una caída en la autoestima que la convertía en una mujer abandonada para el resto de la sociedad. Ya nada tenía que ver con la hermosa y alegre muchacha de provincias que había llegado a Madrid a comienzos de los setenta con una muda y una sonrisa.

Pero la culpa no era suya.

Lamentablemente, Paloma Palacios tenía motivos para encontrarse en ese estado: su marido, Vicente Carrión, había compartido con ella treinta años de silencios, frustraciones y golpes hasta que hace unas semanas, cuando amenazaba con arrojar a su mujer por la ventana del cuarto de baño, fue él quien se cayó al patio interior de su edificio rompiendo en su bajada las cuerdas de tender la ropa de las vecinas cuyas facturas Paloma tuvo que pagar.

Pero lo peor fue que, a pesar de la muerte de aquel cuerpo -piel de fieltro, bigote ralo, cinturón en la mano-, el fantasma de Vicente seguía visitándola con frecuencia con el fin de impedir que la pobra viuda pudiera salir adelante una vez liberada de sus puñetazos en la cara, sus insultos y vejaciones.

La voz entrecortada de Paloma Palacios me despertó hace un par de noches -éramos amigos- a las tres de la madrugada, sollozando al otro lado del hilo telefónico. Envuelto por el algodón de los sueños colgué sin darle mayor importancia, como había hecho tantas veces cuando Vicente vivía porque un hombre tan educado y cortés no podía ser tan malo como ella decía.

Ayer por la mañana, el cuerpo de Paloma Palacios yacía inerte en el mismo patio interior donde terminó la vida de su marido. Pero ella no ha regresado, porque a los corazones enjaulados ya sólo la muerte les concede la libertad, al contrario que el fantasma de Vicente que vaga por las calles buscando alguna mujer a quien arrebatar la vida.

Nota: En lo que llevamos de 2007, 15 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o ex parejas en España ante nuestro silencio, pasividad y desdén. Ante nuestros ojos, al otro lado de la pared de nuestro dormitorio. Hagamos algo.

 

 
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