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Lo malo de Paloma Palacios no era que su belleza se hubiera ajado
como mi porvenir sino que a su menoscabo físico había
añadido una caída en la autoestima que la convertía
en una mujer abandonada para el resto de la sociedad. Ya nada tenía
que ver con la hermosa y alegre muchacha de provincias que había
llegado a Madrid a comienzos de los setenta con una muda y una sonrisa.
Pero la culpa no era suya.
Lamentablemente, Paloma Palacios tenía motivos para encontrarse
en ese estado: su marido, Vicente Carrión, había compartido
con ella treinta años de silencios, frustraciones y golpes
hasta que hace unas semanas, cuando amenazaba con arrojar a su mujer
por la ventana del cuarto de baño, fue él quien se
cayó al patio interior de su edificio rompiendo en su bajada
las cuerdas de tender la ropa de las vecinas cuyas facturas Paloma
tuvo que pagar.
Pero lo peor fue que, a pesar de la muerte de aquel cuerpo -piel
de fieltro, bigote ralo, cinturón en la mano-, el fantasma
de Vicente seguía visitándola con frecuencia con el
fin de impedir que la pobra viuda pudiera salir adelante una vez
liberada de sus puñetazos en la cara, sus insultos y vejaciones.
La voz entrecortada de Paloma Palacios me despertó hace un
par de noches -éramos amigos- a las tres de la madrugada,
sollozando al otro lado del hilo telefónico. Envuelto por
el algodón de los sueños colgué sin darle mayor
importancia, como había hecho tantas veces cuando Vicente
vivía porque un hombre tan educado y cortés no podía
ser tan malo como ella decía.
Ayer por la mañana, el cuerpo de Paloma Palacios yacía
inerte en el mismo patio interior donde terminó la vida de
su marido. Pero ella no ha regresado, porque a los corazones enjaulados
ya sólo la muerte les concede la libertad, al contrario que
el fantasma de Vicente que vaga por las calles buscando alguna mujer
a quien arrebatar la vida.
Nota: En lo que llevamos de 2007, 15 mujeres han sido asesinadas
por sus parejas o ex parejas en España ante nuestro silencio,
pasividad y desdén. Ante nuestros ojos, al otro lado de la
pared de nuestro dormitorio. Hagamos algo.
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