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Madrid, miércoles 11 de abril de 2007

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Los códigos de la realidad se transforman de tal manera durante las vacaciones que, cuando vuelvo a mi cotidianidad, preciso de varios días para comprender de nuevo mi propio entorno. Ayer, todavía en mi periodo de asueto, cabalgaba a lomos de Stevenson por La Isla del Tesoro, sin constancia alguna del interés de mi hipoteca, las víctimas en la carretera o los números cada vez más rojos de mi cuenta corriente. Con esa bendita ignorancia me metí en la cama abrazado a intrépidos piratas y cuevas misteriosas pero poco después, cuando apenas me había despertado, ya estaba en el metro siguiendo a mis pies camino del trabajo junto a todos esos desconocidos con quienes comparto el trayecto hasta la oficina cada mañana. Me miré entonces las manos y observé que, en lugar de la Isla del Tesoro, lo que leía era El economista camuflado, de Tim Harford, que me despertaba con manguerazos de realidad del sueño vivido en la última semana.

Y es que siempre que vuelvo a mi rutina diaria tras las vacaciones, siento la misma desorientación que me invadía cuando regresaba de Itálica después de una estancia prolongada en El País de las Letras Inclinadas.

Nada refleja mejor la diferencia entre Itálica y el resto del mundo que la línea de actuación de su principal entidad bancaria. El Spengler abrió sus puertas por primera vez en el tórrido verano de 1956 porque el calor dentro era insoportable, pero lo cierto es que se había inaugurado casi un siglo antes de la mano y el corazón de Gregory Lafayette quien vio la necesidad de crear un lugar donde la gente pudiera intercambiar aquello que no se vendía ni compraba en el Mercado de Abastos.

Han pasado ya más de 150 años y, hoy en día, el Spengler sigue en funcionamiento con el mismo espíritu del primer día. Ayer mismo compré varias acciones de Tiempo Libre, un concepto que echo en falta desde que me dedico al periodismo y vendí, a precio irrisorio, las pocas obligaciones que me quedaban de Ética Profesional porque en mi nuevo trabajo –coordino la comunicación de una campaña electoral para las próximas elecciones municipales- no las necesito. Así es el banco Spengler, un lugar en el que, según me han comentado, lo que más se cotiza es la Alegría, algo que, a estas alturas, no estoy en condiciones de comprar, al menos hasta las próximas vacaciones.

 
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