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Los códigos de la realidad se transforman de tal manera
durante las vacaciones que, cuando vuelvo a mi cotidianidad, preciso
de varios días para comprender de nuevo mi propio entorno.
Ayer, todavía en mi periodo de asueto, cabalgaba a lomos
de Stevenson por La Isla del Tesoro, sin constancia
alguna del interés de mi hipoteca, las víctimas en
la carretera o los números cada vez más rojos de mi
cuenta corriente. Con esa bendita ignorancia me metí en la
cama abrazado a intrépidos piratas y cuevas misteriosas pero
poco después, cuando apenas me había despertado, ya
estaba en el metro siguiendo a mis pies camino del trabajo junto
a todos esos desconocidos con quienes comparto el trayecto hasta
la oficina cada mañana. Me miré entonces las manos
y observé que, en lugar de la Isla del Tesoro, lo que leía
era El economista camuflado, de Tim Harford, que
me despertaba con manguerazos de realidad del sueño vivido
en la última semana.
Y es que siempre que vuelvo a mi rutina diaria tras las vacaciones,
siento la misma desorientación que me invadía cuando
regresaba de Itálica después de una estancia prolongada
en El País de las Letras Inclinadas.
Nada refleja mejor la diferencia entre Itálica y el resto
del mundo que la línea de actuación de su principal
entidad bancaria. El Spengler abrió sus puertas por primera
vez en el tórrido verano de 1956 porque el calor dentro era
insoportable, pero lo cierto es que se había inaugurado casi
un siglo antes de la mano y el corazón de Gregory Lafayette
quien vio la necesidad de crear un lugar donde la gente pudiera
intercambiar aquello que no se vendía ni compraba en el Mercado
de Abastos.
Han pasado ya más de 150 años y, hoy en día,
el Spengler sigue en funcionamiento con el mismo espíritu
del primer día. Ayer mismo compré varias acciones
de Tiempo Libre, un concepto que echo en falta desde que me dedico
al periodismo y vendí, a precio irrisorio, las pocas obligaciones
que me quedaban de Ética Profesional porque en mi nuevo trabajo
–coordino la comunicación de una campaña electoral
para las próximas elecciones municipales- no las necesito.
Así es el banco Spengler, un lugar en el que, según
me han comentado, lo que más se cotiza es la Alegría,
algo que, a estas alturas, no estoy en condiciones de comprar, al
menos hasta las próximas vacaciones.
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