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Madrid, miércoles 9 de mayo de 2007

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En la plaza del 2 de mayo

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Mateo tenía el carné de la biblioteca caducado y la funcionaria no le dejó coger el último libro de David Leavitt con el que tanto se identificaba y que llevaba semanas esperando. Volvía a casa apesadumbrado -jodido en sus palabras- y enojado -puteado en su léxico habitual- cuando, en la calle Conde Duque, vio un cartel de un piso en alquiler. Llamó desde su teléfono móvil -entonces no lo sabía, pero aquella llamada a una compañía de la competencia le saldría por un ojo de la cara, de su cara- y un par de minutos más tarde subía cinco pisos de escaleras para ver que aquél ático del que le acababa de hablar el casero de moral y bigote espesos era en realidad un desván, la amplia habitación exterior era un cuartucho con vistas a un patio mohoso y la cocina un nido de cucarachas. Sin embargo, el precio era exactamente el doble de su sueldo en la consultora donde seguía como adjunto de becario a pesar de las promesas de ascenso de su jefe, el Becario Mayor.

Caía la tarde cuando Mateo se acercó a pedir un crédito al banco para estudiar un “Máster en Masters eficaces para encontrar un trabajo decente” de donde sólo se llevó una carcajada del director de la sucursal quien al comprobar sus ingresos y las condiciones de su contrato llamó a un colega para contarle aquel chiste tan gracioso.

Ya de noche, Mateo vio en las noticias a los candidatos al ayuntamiento de Madrid hacer el ridículo ante una cascada artificial en un túnel de la M-30 que le recordó a un verano en el parque de Ordesa y se acostó con esa imagen en la retina. Se despertó una semana más tarde -le habían dado vacaciones en la consultora por primera vez en catorce meses y un sueño prolongado era el destino más barato- y bajó esa noche a despejarse a la Plaza del 2 de Mayo donde observó el enfrentamiento entre un montón de jóvenes borrachos y varios policías tan necios como armados.
Unos exigían su derecho de beber en la calle y los otros lo reprimían sin saber ninguno supiera muy bien por qué.
- ¡Qué estupidez! – pensó Mateo quien ya había olvidado lo ocurrido a la mañana siguiente en cuanto renovó su carné en la biblioteca y tenía en sus manos la nueva novela de David Leavitt.
Lo que no pudo olvidar fue el color carmesí de su cuenta corriente, que compartía su piso y su vida con cuatro desconocidos y que a sus treinta años se sentía tan libre como un pájaro (enjaulado).

 

 
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