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Mateo tenía el carné de la biblioteca caducado y
la funcionaria no le dejó coger el último libro de
David Leavitt con el que tanto se identificaba
y que llevaba semanas esperando. Volvía a casa apesadumbrado
-jodido en sus palabras- y enojado -puteado en su léxico
habitual- cuando, en la calle Conde Duque, vio un cartel de un piso
en alquiler. Llamó desde su teléfono móvil
-entonces no lo sabía, pero aquella llamada a una compañía
de la competencia le saldría por un ojo de la cara, de su
cara- y un par de minutos más tarde subía cinco pisos
de escaleras para ver que aquél ático del que le acababa
de hablar el casero de moral y bigote espesos era en realidad un
desván, la amplia habitación exterior era un cuartucho
con vistas a un patio mohoso y la cocina un nido de cucarachas.
Sin embargo, el precio era exactamente el doble de su sueldo en
la consultora donde seguía como adjunto de becario a pesar
de las promesas de ascenso de su jefe, el Becario Mayor.
Caía la tarde cuando Mateo se acercó a pedir un crédito
al banco para estudiar un “Máster en Masters eficaces
para encontrar un trabajo decente” de donde sólo se
llevó una carcajada del director de la sucursal quien al
comprobar sus ingresos y las condiciones de su contrato llamó
a un colega para contarle aquel chiste tan gracioso.
Ya de noche, Mateo vio en las noticias a los candidatos al ayuntamiento
de Madrid hacer el ridículo ante una cascada artificial en
un túnel de la M-30 que le recordó a un verano en
el parque de Ordesa y se acostó con esa imagen en la retina.
Se despertó una semana más tarde -le habían
dado vacaciones en la consultora por primera vez en catorce meses
y un sueño prolongado era el destino más barato- y
bajó esa noche a despejarse a la Plaza del 2 de Mayo donde
observó el enfrentamiento entre un montón de jóvenes
borrachos y varios policías tan necios como armados.
Unos exigían su derecho de beber en la calle y los otros
lo reprimían sin saber ninguno supiera muy bien por qué.
- ¡Qué estupidez! – pensó Mateo quien
ya había olvidado lo ocurrido a la mañana siguiente
en cuanto renovó su carné en la biblioteca y tenía
en sus manos la nueva novela de David Leavitt.
Lo que no pudo olvidar fue el color carmesí de su cuenta
corriente, que compartía su piso y su vida con cuatro desconocidos
y que a sus treinta años se sentía tan libre como
un pájaro (enjaulado).
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