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Tras mis primeras vacaciones en Itálica, creí que
en ningún lugar podría ser más feliz pasando
el resto de mis días y mis noches que en El país de
las letras inclinadas. Por esa razón, decidí buscar
trabajo allí y, tras enviar mi currículo a las principales
empresas de la capital, conseguí una entrevista en Ladrillo
cara vista, una publicación especializada en la construcción,
el sector de mayor futuro en Itálica debido al interés
puesto en sus tierras por los magnates financieros, los concejales
de urbanismo y los ganaderos reconvertidos en especuladores inmobiliarios.
A pesar de que llevaban varios años con unos beneficios más
que extraordinarios, el vestíbulo de Ladrillo cara vista
albergaba un olor a pegamento seco y café mohoso que ya había
visto en otras revistas especializadas, así como el silencio
que acogen los lugares donde lo único que pasa es el tiempo.
Lo sé bien porque me tuvieron cuarenta minutos esperando
a que el director de la publicación estimara que había
llegado la hora de verme. En ese tiempo, varios empleados pasaron
a mi lado con sus caras grises, sus llagas en los codos y esa sensación
de ir un par de pasos por detrás de tu propia vida. Varios
de ellos teclearon su código y salieron de allí dejando
allí a sus sombras que les esperarían sentadas en
su misma posición hasta la mañana siguiente.
Una secretaria me invitó a pasar y el director general, tras
sus gafas de ver de cerca, me preguntó sobre mi vida. Le
conté todo lo que sabía pero, para él, no fue
suficiente.
- No tienes actitud comercial, hijo – me dijo.
- ¿Cómo lo sabe? – respondí.
- Aún no me has mentido y, si los ha hecho, no ha sido lo
suficientemente brillante como para que yo compre esa mentira..
Le repliqué que pensaba que los periodistas se dedicaban
a explicar el mundo que les rodea pero para él no tenía
nada que ver con eso:
- Cualquiera puede ver el mundo, hijo, solo hacen falta un par de
ojos. Lo que aquí necesitamos es gente que sepa relacionarse
con los clientes, que diga lo que quieren escuchar, que les venda
un polvorón en el desierto.
- ¿Qué sentido tiene hacer eso?
- Puedes ganar mucho dinero – me dijo.
No necesitó decir más porque el alquiler de mi apartamento
me tanto como el nudo de la corbata. Por esa razón, y porque
me avergonzaba del aspecto que había llevado a la entrevista,
me la quité para entrar al bar donde bañaba mis sueños
cada tarde, la barra en la que trataba de olvidar el hombre –cobarde,
ruín y conformista- en que me había convertido.
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