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No sé si les he hablado del día en que mi amiga
Hache se vio, por primera vez en
su vida, fea. Estábamos a finales de agosto y el sol nos
castigaba con su mirada severa desde lo alto tras días de
tormentas de arena y hiel sobre el desierto madrileño. Aquella
mañana, Hache se levantó como todos los días,
con la tristeza hospedada en su pecho, la mirada bucólica
y ese lastre que acompañaba su caminar.
Pasó a mi lado mientras me desperezaba en el sofá
del salón y, tras verla evaporarse tras la puerta del baño,
la oí gritar desconsolada. Me levanté a toda prisa
y cuando llegué miraba incrédula el espejo hecho añicos
frente a ella.
- ¡Dios mío! – exclamó – se ha roto
en cuanto lo he mirado.
Le dije que no era más que una casualidad, que habría
sido producto de los años o la dilatación, pero Hache
siguió mirando su rostro azulejado en el espejo y me dijo:
- No es eso, David, hoy soy fea.
Con la libertad que le otorgaba no ser bella, Hache salió
a la calle aquel día asfixiado y paseó por las calles
del centro de Madrid disfrutando por primera vez en mucho tiempo
de que podía pasar inadvertida entre el resto de la gente.
Pero no fue del todo así, porque en unas horas, sin saberlo,
provocó la tortícolis de los hombres que con ella
se cruzaron y la envidia de muchas mujeres ante aquel cuerpo y aquel
rostro tan hermosos.
Sin embargo, Hache pensó en todo momento que Dios le había
regalado un día de fealdad y cuando llegó a casa aquella
noche me dijo:
- Cuánto me gustaría ser normal. Hoy he sido la mujer
más feliz del mundo.
Y se apoyó en mi hombro, cerró los ojos y sus párpados
me mostraron la dulzura de una piel en la que se deslizaron mis
sueños de aquel verano y las pesadillas del resto de mi vida.
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