|
Convencidos de habitar un ocaso ya anunciado, Álvaro y
Raquel se levantan cada día con la mirada confusa y el gesto
torpe, con el beso acartonado y el temor que acoge cada uno de sus
actos.
En el apartamento de Peñíscola la humedad invade
cada rincón, como una mancha que se cierne sobre sus palabras,
empapando la ropa tendida y provocando el llanto de unos cuerpos,
los suyos, tan cercanos como desconocidos.
El miedo se cierne sobre ellos tras escuchar en las noticias que
la mayoría de las vacaciones concluyen en divorcio, porque
son conscientes de que ese amor extemporáneo y fatigado que
se profesan no tiene nada que hacer contra la maquinaria pesada
de la estadística.
Raquel friega los platos de una comida a cuatro, aunque sus hijos
hace años que no pasan el verano en el Mediterráneo
junto a ellos, sino en algún vagón de cualquier tren
tembloroso de la nueva Europa. Sin embargo, se agarra a ese pasado
que prende de su memoria para intentar comprender lo que le une
al hombre que falsea para concluirlo un crucigrama sobre la mesa
a medio retirar de la cocina.
Después de la siesta, empapados en sudor y Labocane, Álvaro
y Raquel dan un paseo junto a las olas rotas para que el mar cure
unas heridas que no paran de sangrar.
El verano se perderá dentro de un par de meses y en septiembre
regresarán a una ciudad que nunca ha sido suya para volver
a luchar contra una vida que nunca ha sido digna.
Que tengan suertecita.
Feliz verano.
|