Viajar es perder, echar de menos
desvanecerse. Jesús leyó estos versos acompasando
su pulso incierto con el traqueteo del autobús de Iberojet
que le llevaba junto a su mujer y a otros veinte turistas de Castellón
de La Plana hasta la Plaza de San Marcos. Estoy de acuerdo, pensó
en voz alta, aunque su querida Mónica, dormida y boquiabierta
sobre su hombro izquierdo, no pudo oírle.
Desde el inicio del viaje, Jesús había ido sintiendo
que se diluía en cada museo, restaurante o ciudad que visitaba.
Primero fue el frasco de Agua Brava que le obligaron a abandonar
sobre un mostrador del aeropuerto ante la mirada jugosa del vigilante
jurado. Más tarde en la habitación del hotel de Milán,
donde añoraba el revistero junto al retrete y ese color amarillento
de las cortinas de su casa que tanto le recordaban su época
de fumador compulsivo y feliz.
Incluso echaba de menos a la Mónica doméstica, esa
abogada elegante y discreta con la que se había casado y
que en nada se parecía a la mujer ungida en Nivea que se
arrastraba por el Palacio Ducal de Venecia incapaz de asumir el
peso de la riñonera.
Paseando por la ciudad de los canales tras el paraguas cerrado del
guía, Jesús se sintió invadido por una nostalgia
desconocida, una melancolía que solo supo descifrar cuando
el barco se alejaba en dirección al Lido y recordó
que era por aquel olor, tan parecido a las cañerías
obstruidas de la casa del pueblo.
El viaje concluyó y, a la mañana siguiente, Jesús
volvió a su trabajo en la jefatura provincial de tráfico
de Castellón donde mantuvo su media de treinta y siete carnés
renovados por jornada. Cuando llegó a casa, él y Mónica
comieron la paella que se habían prometido mutuamente en
Palermo tras cenar la séptima pizza seguida del viaje y se
recostaron en el sofá. Otra vez aquí, maldita rutina,
pensó Jesús en voz alta, aunque su querida Mónica,
dormida y boquiabierta sobre su hombro derecho, no pudo oírle.
Bienvenidos.
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