3 de septiembre de 2007
El regreso
Viajar es perder, echar de menos
desvanecerse.

Jesús leyó estos versos acompasando su pulso incierto con el traqueteo del autobús de Iberojet que le llevaba junto a su mujer y a otros veinte turistas de Castellón de La Plana hasta la Plaza de San Marcos. Estoy de acuerdo, pensó en voz alta, aunque su querida Mónica, dormida y boquiabierta sobre su hombro izquierdo, no pudo oírle.

Desde el inicio del viaje, Jesús había ido sintiendo que se diluía en cada museo, restaurante o ciudad que visitaba. Primero fue el frasco de Agua Brava que le obligaron a abandonar sobre un mostrador del aeropuerto ante la mirada jugosa del vigilante jurado. Más tarde en la habitación del hotel de Milán, donde añoraba el revistero junto al retrete y ese color amarillento de las cortinas de su casa que tanto le recordaban su época de fumador compulsivo y feliz.

Incluso echaba de menos a la Mónica doméstica, esa abogada elegante y discreta con la que se había casado y que en nada se parecía a la mujer ungida en Nivea que se arrastraba por el Palacio Ducal de Venecia incapaz de asumir el peso de la riñonera.

Paseando por la ciudad de los canales tras el paraguas cerrado del guía, Jesús se sintió invadido por una nostalgia desconocida, una melancolía que solo supo descifrar cuando el barco se alejaba en dirección al Lido y recordó que era por aquel olor, tan parecido a las cañerías obstruidas de la casa del pueblo.

El viaje concluyó y, a la mañana siguiente, Jesús volvió a su trabajo en la jefatura provincial de tráfico de Castellón donde mantuvo su media de treinta y siete carnés renovados por jornada. Cuando llegó a casa, él y Mónica comieron la paella que se habían prometido mutuamente en Palermo tras cenar la séptima pizza seguida del viaje y se recostaron en el sofá. Otra vez aquí, maldita rutina, pensó Jesús en voz alta, aunque su querida Mónica, dormida y boquiabierta sobre su hombro derecho, no pudo oírle.

Bienvenidos.


David Barreiro
Periodista