- No sores.
Lo ha vuelto a hacer. Esa elle rehilada me recuerda la primera noche
en el primer café en una calle en obras de Madrid, esa voz
que borró todo lo demás. El acento rioplatense que
me abrazó contra él, me revolvió de un lado
a otro durante varios años para dejarme en el mismo sitio,
ahora, sola y triste, abandonada en mitad de un pasillo cada vez
más estrecho. Y oscuro.
- La vida no es un puto tango.
Pone cara de no entender nada y me ofrece un beso con el afecto
relativo de dos primos lejanos. Me doy la vuelta pero me quedo quieta,
dándole una espalda a la que asirse, para agarrarnos a una
última oportunidad, esperando quizá sus manos o su
voz, o que en mis ojos se quiebre el cristal traslúcido del
ocaso.
No sucede nada, y el silencio es impar, y se oye.
Echo a andar y, ya en la calle, miro hacia arriba donde le veo observarme
desde el balcón, agarrado a la barandilla con su rostro acerado,
su nariz aguileña y esa mirada criolla de la que me enamoré
aquella primera noche en aquel primer café de una calle en
obras de Madrid. Me mira, inmóvil, como una gárgola
de arcilla desde una terraza en la que el sol se acaba de poner,
mientras en la calle mis pasos me llevan hacia la esquina que no
quiero doblar. Mis tacones puntean una acera gris, reflejo de este
cielo que ya siempre será invierno y en el eco de mis pasos,
en mi camino, sólo me acompaña un silbido leve y constante,
el viento que me arrastra hacia un nuevo naufragio.
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