15 de octubre de 2007
Viejo

Por mucho que avance el mundo, por más fácil que resulte consultar internet o hablar por el móvil, siempre me agarro a aquello que destila el aroma de lo añejo, esa excitación que provoca saber que por este vaso han pasado otras manos. Quizás por esa razón sigue sin convencerme la luz mineral de las películas en DVD que en el proceso de digitalización pierden el macramé rugoso del celuloide. Lo mismo me sucede con algunos locales de moda, tan diáfanos, lineales y pulcros que uno siente que al dar un trago de vodka se mancha la boca. Añoro los bares de antes, esos pasillos con el espacio justo para una barra y una fila de taburetes cojos donde la clientela no variaba demasiado: el camarero del turno anterior, un par de funcionarios y esos poetas que cada poco salían con un azulejo bajo el brazo porque la inspiración les solía llegar en el retrete

Aunque alberguen el sueño de la perfección, hay algo irreal en esas fotografías de viaje que, retocadas con el Photoshop, dan a aquel atardecer de Oslo el tono violáceo que nunca tuvo, y a Carmen le convierten la celulitis en una falda de pana..

Echo de menos el olor de la tinta, ¿tú no? Por muy cómodo que sea, el correo electrónico nunca nos aportará el riesgo de desconocer quién recogerá la carta que acabas de abandonar en esta posta perdida de Bari, ni en Wikipedia encontrarás ese recorte de Mundo Obrero que tu abuelo dejó una tarde cualquiera en el corazón del quinto tomo de la Salvat.

No se trata del miedo a lo desconocido o lo novedoso sino la lástima por saber que dejamos atrás un mundo que se apaga y que lo que nos espera no es más que una luz que brilla tanto como una sombra a un lado de una carretera ya sin pueblos, grava ni alquitrán.


David Barreiro
Periodista