Por mucho que avance el mundo, por más fácil
que resulte consultar internet o hablar por el móvil, siempre
me agarro a aquello que destila el aroma de lo añejo, esa
excitación que provoca saber que por este vaso han pasado
otras manos. Quizás por esa razón sigue sin convencerme
la luz mineral de las películas en DVD que en el proceso
de digitalización pierden el macramé rugoso del celuloide.
Lo mismo me sucede con algunos locales de moda, tan diáfanos,
lineales y pulcros que uno siente que al dar un trago de vodka se
mancha la boca. Añoro los bares de antes, esos pasillos con
el espacio justo para una barra y una fila de taburetes cojos donde
la clientela no variaba demasiado: el camarero del turno anterior,
un par de funcionarios y esos poetas que cada poco salían
con un azulejo bajo el brazo porque la inspiración les solía
llegar en el retrete
Aunque alberguen el sueño de la perfección, hay algo
irreal en esas fotografías de viaje que, retocadas con el
Photoshop, dan a aquel atardecer de Oslo el tono violáceo
que nunca tuvo, y a Carmen le convierten la celulitis en una falda
de pana..
Echo de menos el olor de la tinta, ¿tú no? Por muy
cómodo que sea, el correo electrónico nunca nos aportará
el riesgo de desconocer quién recogerá la carta que
acabas de abandonar en esta posta perdida de Bari, ni en Wikipedia
encontrarás ese recorte de Mundo Obrero que tu abuelo dejó
una tarde cualquiera en el corazón del quinto tomo de la
Salvat.
No se trata del miedo a lo desconocido o lo novedoso sino la lástima
por saber que dejamos atrás un mundo que se apaga y que lo
que nos espera no es más que una luz que brilla tanto como
una sombra a un lado de una carretera ya sin pueblos, grava ni alquitrán.
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