Marcos miró por la ventana.
Aún era de noche.
En el interior, la luz de los tubos fluorescentes azulaba el rostro
del profesor, que trataba de explicar los secretos ocultos tras
los números sin caer vencido por la pereza y el sueño
de la jubilación anticipada. En la segunda fila, Verónica
apoyaba su hermosa cabecita sobre la mano derecha, de la que colgaba
una pulsera de hueso cuyas cuentas castañeteaban por el frío
compartido entre la primera hora y las matemáticas.
Marcos observó el cuello de la chica y bajó la vista
a lo largo de su cuerpo, cada vez más derrumbado sobre aquel
pupitre verde a punto de desvencijarse. Soñaba con sus formas
inalcanzables, con su voz pálida y con esa sonrisa que tan
solo apuntaba entre los dos corchetes que conformaban sus mejillas.
Fue en este instante cuando oyó su nombre y se vio a sí
mismo caminando hacia la pizarra (de plástico) en la que
el profesor, diminuto y envejecido ante él, le ofreció
el rotulador de Villeda con el que debía escribir los parámetros
de una integral tan indefinida como su futuro.
Pero en aquella figura Marcos solo veía la cadera de Verónica,
tumbada sobre el césped que nunca habría en el instituto
y donde desearía alojarse por una temporada.
- Nos vemos en septiembre, Gómez - le dijo el profesor, mientras
le invitaba a sentarse de nuevo junto a la ventana para ver desde
allí cómo el sol salía y con él Verónica
se desperezaba sin saber qué le había sucedido a aquel
muchacho silencioso de la última fila cuyo nombre no recordaba
y a quien cuando terminara el curso nunca más volvería
a ver.
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