Cuando abrió el bar, Miguel estaba convencido
de que aquellas dos puertas enfrentadas que conectaban las calles
principales de la ciudad le llevarían al éxito instantáneo.
Sin embargo, no fue del todo así. Es cierto que por el Ruldy
pasaba mucha gente, pero también que pocos éramos
los que nos quedábamos a tomar algo. Si te sentabas en uno
de sus taburetes de eskay de espaldas a la barra, podías
ver a estudiantes con carpetas y legañas, mujeres que volvían
de la compra, ejecutivos con maletines cargados de tierra o incluso
algún perro callejero que buscaba el cariño entre
los parroquianos.
- Quizás, después de todo, no ha sido una buena idea
- solía decir Miguel mientras sacaba lustre a los platos
con la mirada perdida entre el gentío.
- No te preocupes, no te fallaré – le respondía.
- Ni yo – decía alguien desde el fondo de la barra.
Era Benito, el poeta del cuarto piso que, en los momentos de sequía,
bajaba a buscar la inspiración entre los vasos anchos y brillantes
del Ruldy. Entonces se emborrachaba hasta perder la capacidad de
articulación y después arremetía contra las
servilletas de papel con una pluma cargada de rima. Un día
le pregunté cómo podía escribir aquellos hermosos
versos en ese estado:
- ¿Conoces a Schumpeter?
- No tengo el gusto - le dije.
- Se llama destrucción creativa. Es necesario estar al borde
de la nada para encontrar sentido a lo que se hace.
Dicho esto dio un trago, anotó algo en una servilleta y se
lo pasó a Miguel que leyó en voz alta
Cualquier sitio es bueno para pasar de largo (1)
Levantó la vista y los tres sonreímos por no llorar
mientras un hombre que se protegía del viento del bar tras
una bufanda salió por una de las puertas apresuradamente
hacia ninguna parte.
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(1) En homenaje a Ángel Fernández Santos.
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