29 de octubre de 2007
Bar de paso

Cuando abrió el bar, Miguel estaba convencido de que aquellas dos puertas enfrentadas que conectaban las calles principales de la ciudad le llevarían al éxito instantáneo. Sin embargo, no fue del todo así. Es cierto que por el Ruldy pasaba mucha gente, pero también que pocos éramos los que nos quedábamos a tomar algo. Si te sentabas en uno de sus taburetes de eskay de espaldas a la barra, podías ver a estudiantes con carpetas y legañas, mujeres que volvían de la compra, ejecutivos con maletines cargados de tierra o incluso algún perro callejero que buscaba el cariño entre los parroquianos.

- Quizás, después de todo, no ha sido una buena idea - solía decir Miguel mientras sacaba lustre a los platos con la mirada perdida entre el gentío.

- No te preocupes, no te fallaré – le respondía.

- Ni yo – decía alguien desde el fondo de la barra.

Era Benito, el poeta del cuarto piso que, en los momentos de sequía, bajaba a buscar la inspiración entre los vasos anchos y brillantes del Ruldy. Entonces se emborrachaba hasta perder la capacidad de articulación y después arremetía contra las servilletas de papel con una pluma cargada de rima. Un día le pregunté cómo podía escribir aquellos hermosos versos en ese estado:

- ¿Conoces a Schumpeter?

- No tengo el gusto - le dije.

- Se llama destrucción creativa. Es necesario estar al borde de la nada para encontrar sentido a lo que se hace.

Dicho esto dio un trago, anotó algo en una servilleta y se lo pasó a Miguel que leyó en voz alta

Cualquier sitio es bueno para pasar de largo (1)

Levantó la vista y los tres sonreímos por no llorar mientras un hombre que se protegía del viento del bar tras una bufanda salió por una de las puertas apresuradamente hacia ninguna parte.

_________

(1) En homenaje a Ángel Fernández Santos.

 


David Barreiro
Periodista