El hombre desliza los pies por la noche ficticia
del amanecer bajo un cielo que espeja las aceras adoquinadas y grises,
con el viento impulsivo del otoño azotando el bosque de antenas
y las cornisas ausentes y también su cara, desde hace años
tapizada en cretona para evitar golpes y besos, caricias y hostias
que la vida trae y se lleva sin reparo.
Afuera, el rumor de coches y gente y niños que atrapa las
mañanas herrumbrosas de noviembre en Madrid es hoy silencio
y ausencia, agua estancada en habitaciones cerradas y carreteras
de huida.
El héroe desciende las escaleras estrechas y romas del Metro
donde se rodea de otros ídolos perdidos, titanes que no encuentran
su lugar en un ponto gélido que alcanza cada esquina y cada
voz, cada línea de la historia, fina capa de hielo a punto
de resquebrajarse, de caer en una sima de brazos cruzados, una fosa
de silencio y asfixia, hoja seca que nunca regresará a un
árbol que la ve y la olvida.
El mito bípedo y despeinado cruza el día con pasos
ahogados y lentos, caminar censurado por la sequía y el miedo,
por la esperanza vencida, sarmiento putativo que no logra desatar
la soga.
El Dios de pulgar oponible arrastra los pies por la noche real de
la tarde bajo un cielo que sombrea las entradas a los bares, los
callejones magros, los bancos de piedra sin piel y las cuestas enfiladas
hacia un punto de fuga que huye en cruel metáfora este segundo
día de noviembre viernes y también lunes que no se
va sino sigue negro y hostil en un anaquel donde se arrumba la vida
calendada.
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