5 de noviembre de 2007
El puente

El hombre desliza los pies por la noche ficticia del amanecer bajo un cielo que espeja las aceras adoquinadas y grises, con el viento impulsivo del otoño azotando el bosque de antenas y las cornisas ausentes y también su cara, desde hace años tapizada en cretona para evitar golpes y besos, caricias y hostias que la vida trae y se lleva sin reparo.
Afuera, el rumor de coches y gente y niños que atrapa las mañanas herrumbrosas de noviembre en Madrid es hoy silencio y ausencia, agua estancada en habitaciones cerradas y carreteras de huida.

El héroe desciende las escaleras estrechas y romas del Metro donde se rodea de otros ídolos perdidos, titanes que no encuentran su lugar en un ponto gélido que alcanza cada esquina y cada voz, cada línea de la historia, fina capa de hielo a punto de resquebrajarse, de caer en una sima de brazos cruzados, una fosa de silencio y asfixia, hoja seca que nunca regresará a un árbol que la ve y la olvida.

El mito bípedo y despeinado cruza el día con pasos ahogados y lentos, caminar censurado por la sequía y el miedo, por la esperanza vencida, sarmiento putativo que no logra desatar la soga.

El Dios de pulgar oponible arrastra los pies por la noche real de la tarde bajo un cielo que sombrea las entradas a los bares, los callejones magros, los bancos de piedra sin piel y las cuestas enfiladas hacia un punto de fuga que huye en cruel metáfora este segundo día de noviembre viernes y también lunes que no se va sino sigue negro y hostil en un anaquel donde se arrumba la vida calendada.


David Barreiro
Periodista