12 de noviembre de 2007
La televisión

Anselmo agarró con toda la fuerza que le quedaba en su maltrecha muñeca el vaso de agua y se lo llevó a la boca. No acertó y el líquido se derramó por las comisuras de los labios, la barbilla y el pecho, por la barriga abultada y el suelo de gres, frío, que pisaba con unas zapatillas de cuadros remendadas por Adelaida. Fue ella, precisamente, quien entró en la habitación a tiempo de ver aquel desastre.
- ¿Qué haces?
- Beber.
Ella se sentó a su lado, como todos los días, y le peinó las canas pajizas dejándole la frente isobárica al albur de una nueva mañana. Después hizo la cama con tiento y calma, con la espalda crujiente y metálica rechinando en cada esfuerzo, ahogada en un resuello arrítmico y desesperado. Ventiló la habitación y salieron de ella los aromas de la vejez, esa mezcla de cuero húmedo, farmacia y capilla que exhalan las vidas prolongadas. Con el aire fresco del sol de noviembre en la estancia Anselmo intuyó la llegada de un rayo de luz, pero no era más que el reflejo de un coche aparcado en segunda fila en la calle alborotada. De él salió Julio que subió a toda prisa las escaleras y entró en casa con dos bolsas del Caprabo en cada mano. HOLA gritó desde la cocina y la voz asfixiada de su madre, que pasaba el polvo a la mesa camilla, no acertó a contestar mientras que su padre sí dijo.
- ¡Ya era hora!
Julio entró en la habitación y vio la misma estampa que cuando era niño, adolescente y joven. Pero ya tenía cincuentaysieteaños, todos seguidos y rápidos y confusos y perdidos, y sus padres muchos (pero no tantos a la vez) más.
- Sigue sin funcionar, son ustedes unos timadores - esputó Anselmo con su sempiterna ronquera.
Julio sonrió y miró a Adelaida que le guiñó el ojo derecho mientras su hijo apretaba el cable de la antena para que Susana Griso, rubia y poco más, apareciera en la pantalla.
- No le pienso pagar - bramó Anselmo.
- No te preocupes, papá - contestó Julio, que se fue tras repartir cuatro besos deseados por su madre e incomprendidos por su padre a una reunión sin tiempo suficiente para dejar brotar las lágrimas que en ese momento nacieron en las cuencas de sus ojos.


David Barreiro
Periodista