Anselmo agarró con toda la fuerza que le
quedaba en su maltrecha muñeca el vaso de agua y se lo llevó
a la boca. No acertó y el líquido se derramó
por las comisuras de los labios, la barbilla y el pecho, por la
barriga abultada y el suelo de gres, frío, que pisaba con
unas zapatillas de cuadros remendadas por Adelaida. Fue ella, precisamente,
quien entró en la habitación a tiempo de ver aquel
desastre.
- ¿Qué haces?
- Beber.
Ella se sentó a su lado, como todos los días, y le
peinó las canas pajizas dejándole la frente isobárica
al albur de una nueva mañana. Después hizo la cama
con tiento y calma, con la espalda crujiente y metálica rechinando
en cada esfuerzo, ahogada en un resuello arrítmico y desesperado.
Ventiló la habitación y salieron de ella los aromas
de la vejez, esa mezcla de cuero húmedo, farmacia y capilla
que exhalan las vidas prolongadas. Con el aire fresco del sol de
noviembre en la estancia Anselmo intuyó la llegada de un
rayo de luz, pero no era más que el reflejo de un coche aparcado
en segunda fila en la calle alborotada. De él salió
Julio que subió a toda prisa las escaleras y entró
en casa con dos bolsas del Caprabo en cada mano. HOLA gritó
desde la cocina y la voz asfixiada de su madre, que pasaba el polvo
a la mesa camilla, no acertó a contestar mientras que su
padre sí dijo.
- ¡Ya era hora!
Julio entró en la habitación y vio la misma estampa
que cuando era niño, adolescente y joven. Pero ya tenía
cincuentaysieteaños, todos seguidos y rápidos y confusos
y perdidos, y sus padres muchos (pero no tantos a la vez) más.
- Sigue sin funcionar, son ustedes unos timadores - esputó
Anselmo con su sempiterna ronquera.
Julio sonrió y miró a Adelaida que le guiñó
el ojo derecho mientras su hijo apretaba el cable de la antena para
que Susana Griso, rubia y poco más, apareciera en la pantalla.
- No le pienso pagar - bramó Anselmo.
- No te preocupes, papá - contestó Julio, que se fue
tras repartir cuatro besos deseados por su madre e incomprendidos
por su padre a una reunión sin tiempo suficiente para dejar
brotar las lágrimas que en ese momento nacieron en las cuencas
de sus ojos.
|