La maleta descansa ya sobre el suelo de la estación
barnizado por la lluvia, quebradas las baldosas por el tiempo, erosionado
el dibujo geométrico por el aire de aquí y de allá.
La mano, sin embargo, sigue hinchada y alberga ese dolor artrítico
y dulce del cuero de y la pluma, garra fina y sutil hacedora de
letras e imágenes, luz cónica sobre celuloide, tinta
velada como las noches que bañaron el whisky y la palabra.
En la calle, Madrid sigue siendo la tarde que cae y las fachadas
grises y adustas de la Gran Vía y esa armonía bulliciosa
de pasos y voces, de gente que va y viene sin saber que su destino
será siempre la ciudad sin cielo que acogió a esta
barba rubicunda que camina ahora hacia la madera laminada y alta
de un escenario con el telón a media asta, con las tablas
que se resquebrajan al escuchar su voz, garganta fecunda de la historia
y la vida, del cine y la literatura.
En el Gijón comienza la última tertulia, la conversación
muda de sillas vacías que añoran otro tiempo y otra
gente, que lastiman seguir siendo nada en mitad de ninguna parte,
huérfanas y bastardas, oquedad y grito bajo el agua.
No muy lejos de allí, sobre la plaza de Santa Ana, una nube
aborta el sol y espesa el día y el cómico siempre
de frente y siempre de pie observa voces y pasos ajenos con los
ojos curiosos del niño que fue una mañana cualquiera
del tiempo cuando descubrió ese mismo lugar y mira la platea
de terrazas y se pregunta adónde le llevará este último,
bello y extraño viaje.
|