26 de noviembre de 2007
Fernando Fernán Gómez

La maleta descansa ya sobre el suelo de la estación barnizado por la lluvia, quebradas las baldosas por el tiempo, erosionado el dibujo geométrico por el aire de aquí y de allá. La mano, sin embargo, sigue hinchada y alberga ese dolor artrítico y dulce del cuero de y la pluma, garra fina y sutil hacedora de letras e imágenes, luz cónica sobre celuloide, tinta velada como las noches que bañaron el whisky y la palabra.

En la calle, Madrid sigue siendo la tarde que cae y las fachadas grises y adustas de la Gran Vía y esa armonía bulliciosa de pasos y voces, de gente que va y viene sin saber que su destino será siempre la ciudad sin cielo que acogió a esta barba rubicunda que camina ahora hacia la madera laminada y alta de un escenario con el telón a media asta, con las tablas que se resquebrajan al escuchar su voz, garganta fecunda de la historia y la vida, del cine y la literatura.

En el Gijón comienza la última tertulia, la conversación muda de sillas vacías que añoran otro tiempo y otra gente, que lastiman seguir siendo nada en mitad de ninguna parte, huérfanas y bastardas, oquedad y grito bajo el agua.

No muy lejos de allí, sobre la plaza de Santa Ana, una nube aborta el sol y espesa el día y el cómico siempre de frente y siempre de pie observa voces y pasos ajenos con los ojos curiosos del niño que fue una mañana cualquiera del tiempo cuando descubrió ese mismo lugar y mira la platea de terrazas y se pregunta adónde le llevará este último, bello y extraño viaje.


David Barreiro
Periodista