Marcos llega demasiado pronto a pesar de los veinte
minutos que lleva esperando en el coche ya aparcado en la acera
de enfrente. Pide una copa de vino y el camarero se la sirve apoyando
el cuello de la botella sobre el cristal. Mientras el caldo se airea
observa las fotografías de la pared que retratan a los dueños
del restaurante con los famosos que algún día fueron
a parar allí, nadie sabe por qué. Una ráfaga
de viento enfría su nuca y una voz anuncia la llegada de
Antonio. Se vuelve y su amigo arremete con un abrazo con coreografía
de palmadas en la espalda. Hace cinco años que no se ven
pero no tienen nada que decirse y esa violencia disfrazada de amistad
sustituye al secarral de palabras. Antonio pide también un
vino y el camarero, que ya se ha colocado la pajarita, se lo sirve
sin apoyar el cuello de la botella en el cristal.
Han pasado ya veinte minutos y los dos hablan de cualquier cosa
aprovechando el turno de palabra del otro para desear con todas
sus fuerzas volver a su vida. Entonces entra Pato. Se golpean los
tres y Marcos ve que su otro amigo no ha envejecido al uso sino
que el tiempo le está engullendo: su nariz, ojos y boca se
hunden en la piel.
Se sientan en la mesa reservada al fondo del local y cada uno habla
del paisanaje que conforma su día a día. Con ello
pasan dos botellas de vino, una ensalada mixta y el cochinillo troceado
con un plato según la costumbre local.
Para el postre, Pato pide una tarta de ciruelas que comparte entre
su estómago y el estampado de su corbata. Marcos va al servicio
y, en el camino de regreso, ve a sus dos amigos allí sentados
y siente ganas de echarse a reír pero no lo hace porque,
en el último momento, no le sale.
Antonio se empeña en pagar la cuenta y Marcos promete hacerlo
la próxima vez.
Espero que no sea dentro de otros cinco años dice Pato y
los otros dos le siguen la mentira.
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