10 de diciembre de 2007
Risas

Frank Almond apenas contaba veinte años y un par de arrestos domiciliarios cuando consiguió la fama eterna en la meca del cine. Era una mañana luminosa de diciembre en Los Ángeles y el joven Frankie se acercó hasta una de las sedes de Universal Studios, en West Hollywood, con un guión de comedia bajo el brazo. Cuando salió de allí, un par de horas más tarde, solo llevaba un cheque con demasiados ceros para un chico de su edad. Envase vacío era su primer guión y, además de un rotundo éxito mundial, fue también una premonición: aquella obra agotó su talento.

Nunca más escribió Almond algo que mereciera la pena. Aun así, siguió trabajando hasta su muerte, hace un par de semanas en su mansión de Beverly Hills. Algunos críticos percibieron el agostamiento de su capacidad creativa desde su segunda película: Qué grande es el gordo, pero en Universal siguieron confiando en él a pesar del humor grueso de sus guiones, ya visible en los títulos de otras obras como Este ovillo es un lío o Un revólver que puede matar, Un revólver que puede matar II y Te lo dije (Un revólver que podía matar III).

No obstante, Almond firmó cuarenta y siete guiones de largometrajes a lo largo de su vida profesional por una única razón: su risa. En los pases previos de las películas, aquellos en los que los productores seleccionan una muestra representativa de público para ver sus reacciones y determinar el número de copias y su distribución, Almond se sentaba en la última fila y, aunque la mayoría de los chistes que había escrito no le hacían ninguna gracia, lanzaba una risa floja que poco a poco se iba expandiendo por el patio de butacas hasta alcanzar el desternillamiento colectivo. Los productores salían del cine seguros del éxito que iban a cosechar, inundaban de copias el mercado y el público, en borreguil procesión, acudía en masa a ver cada nueva película de Almond.
Así sucedió hasta hace unos meses. Se celebraba aquella tarde el pase preliminar de Vaso de tubo, una comedia adolescente ambientada en una hermandad universitaria y Almond no pudo acudir debido a una apendicitis que le cosió a una cama de hospital. Durante la proyección nadie esbozó una sonrisa, los productores sacaron cuatro copias de mala calidad y la película hubiera caído en el más absoluto olvido de no ser porque, además, fue vapuleada por la crítica.

Cuando Almond, que ya estaba en casa recuperándose, se enteró semanas más tarde, la risa que siempre le acompañaba se congeló de inmediato. No es para tanto, le decía su hija Meredith, sin saber que su padre no había perdido el humor sino la vida.

NOTA: Según fuentes cercanas a Universal Studios, ya se ha comenzado a escribir el guión de un biopic sobre Frank Almond cuyo título, a falta de confirmación definitiva, será Ni puñetera gracia.


David Barreiro
Periodista