Frank Almond apenas contaba veinte
años y un par de arrestos domiciliarios cuando consiguió
la fama eterna en la meca del cine. Era una mañana luminosa
de diciembre en Los Ángeles y el joven Frankie se acercó
hasta una de las sedes de Universal Studios, en West Hollywood,
con un guión de comedia bajo el brazo. Cuando salió
de allí, un par de horas más tarde, solo llevaba un
cheque con demasiados ceros para un chico de su edad. Envase vacío
era su primer guión y, además de un rotundo éxito
mundial, fue también una premonición: aquella obra
agotó su talento.
Nunca más escribió Almond algo que mereciera la pena.
Aun así, siguió trabajando hasta su muerte, hace un
par de semanas en su mansión de Beverly Hills. Algunos críticos
percibieron el agostamiento de su capacidad creativa desde su segunda
película: Qué grande es el gordo, pero en Universal
siguieron confiando en él a pesar del humor grueso de sus
guiones, ya visible en los títulos de otras obras como Este
ovillo es un lío o Un revólver que puede matar, Un
revólver que puede matar II y Te lo dije (Un revólver
que podía matar III).
No obstante, Almond firmó cuarenta y siete guiones de largometrajes
a lo largo de su vida profesional por una única razón:
su risa. En los pases previos de las películas, aquellos
en los que los productores seleccionan una muestra representativa
de público para ver sus reacciones y determinar el número
de copias y su distribución, Almond se sentaba en la última
fila y, aunque la mayoría de los chistes que había
escrito no le hacían ninguna gracia, lanzaba una risa floja
que poco a poco se iba expandiendo por el patio de butacas hasta
alcanzar el desternillamiento colectivo. Los productores salían
del cine seguros del éxito que iban a cosechar, inundaban
de copias el mercado y el público, en borreguil procesión,
acudía en masa a ver cada nueva película de Almond.
Así sucedió hasta hace unos meses. Se celebraba aquella
tarde el pase preliminar de Vaso de tubo, una comedia adolescente
ambientada en una hermandad universitaria y Almond no pudo acudir
debido a una apendicitis que le cosió a una cama de hospital.
Durante la proyección nadie esbozó una sonrisa, los
productores sacaron cuatro copias de mala calidad y la película
hubiera caído en el más absoluto olvido de no ser
porque, además, fue vapuleada por la crítica.
Cuando Almond, que ya estaba en casa recuperándose, se enteró
semanas más tarde, la risa que siempre le acompañaba
se congeló de inmediato. No es para tanto, le decía
su hija Meredith, sin saber que su padre no había perdido
el humor sino la vida.
NOTA: Según fuentes cercanas a Universal Studios, ya se
ha comenzado a escribir el guión de un biopic sobre Frank
Almond cuyo título, a falta de confirmación definitiva,
será Ni puñetera gracia.
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