17 de diciembre de 2007
La distancia

Los adoquines de las calles peatonales de Malasaña que Gabriel pisa en impar melodía son en realidad hieleras de cemento y gritos almacenados que le hacen resbalar y también recordar el clamor de un año que se va, de un curso que se quiebra a la espera de la vuelta de las vacaciones, con sus promesas ávidas de romperse y esa inevitable confusión que traen consigo los reencuentros.

Estraza y cristales duermen en las orillas bajo la luz estéril de la decoración navideña que ilumina a ráfagas el rostro vuelto de Gabriel, que mira hacia atrás y observa la plaza, los bancos vacíos y el verano que no volverá. Bajo el brazo, las peladillas se aprietan unas contra otras para arroparse en el frío de diciembre cuya sensación térmica es inferior a la del resto de meses del año, ya despojado de las expectativas.
Es su primera navidad en Madrid y siente el eco de la soledad retumbar en las paredes del apartamento, duro como el turrón almendrado, vacuo como la voz de su madre al otro lado del hilo telefónico refugiada del alboroto familiar en el baño marrón donde Gabriel se escondía cuando era niño de dragones y hermanos mayores. Sentada sobre el bidé, la madre le cuenta el menú de nochebuena mientras ve en los azulejos cómo la muesca que marcaba la altura de su hijo sube hasta desaparecer en el estampado de la cenefa, esa banda de celdas hexagonales donde ahora, a veinte años y quinientos kilómetros de distancia, sigue encerrado Gabriel.

Feliz Navidad.


David Barreiro
Periodista