Los adoquines de las calles peatonales de Malasaña
que Gabriel pisa en impar melodía son en realidad hieleras
de cemento y gritos almacenados que le hacen resbalar y también
recordar el clamor de un año que se va, de un curso que se
quiebra a la espera de la vuelta de las vacaciones, con sus promesas
ávidas de romperse y esa inevitable confusión que
traen consigo los reencuentros.
Estraza y cristales duermen en las orillas bajo la luz estéril
de la decoración navideña que ilumina a ráfagas
el rostro vuelto de Gabriel, que mira hacia atrás y observa
la plaza, los bancos vacíos y el verano que no volverá.
Bajo el brazo, las peladillas se aprietan unas contra otras para
arroparse en el frío de diciembre cuya sensación térmica
es inferior a la del resto de meses del año, ya despojado
de las expectativas.
Es su primera navidad en Madrid y siente el eco de la soledad retumbar
en las paredes del apartamento, duro como el turrón almendrado,
vacuo como la voz de su madre al otro lado del hilo telefónico
refugiada del alboroto familiar en el baño marrón
donde Gabriel se escondía cuando era niño de dragones
y hermanos mayores. Sentada sobre el bidé, la madre le cuenta
el menú de nochebuena mientras ve en los azulejos cómo
la muesca que marcaba la altura de su hijo sube hasta desaparecer
en el estampado de la cenefa, esa banda de celdas hexagonales donde
ahora, a veinte años y quinientos kilómetros de distancia,
sigue encerrado Gabriel.
Feliz Navidad.
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