Ha pasado ya una semana desde la nochevieja pero
algo permanece en el pecho de Alberto que le impide respirar. No
se trata tan solo de ese jirón de hollejo que empapela su
tráquea, ya irritada y vencida por las canciones que desentonó
la última noche del año y por el frío, la nicotina
y ese extraño compañero de viaje llamado ausencia.
Es un embudo de amargura y vacío causado por el regreso a
la vida cotidiana, esa suerte de realidad que guía la única
ley vital de la que siempre trató de huir: la inercia.
Alberto vuelve dejando en su ciudad natal las buenas intenciones
que siempre emanan de la navidad: los abrazos glaseados, las conversaciones
cargadas de dulzor y cizaña que revolotean en las cenas familiares
y las reuniones con los amigos de la infancia donde pudo constatar
que lo único que les mantenía unidos era una incipiente
alopecia.
El primer día en la oficina, ya alejado de su condición
de hermano mediano y primo carnal, ya muy distante de ser el amigo
tímido que siempre suma impar en las cenas, Alberto se agarra
al asa de su taza de café solo como si fuera el último
clavo que le mantiene unido a un mundo que se le escapa, a una vida
que no logra comprender.
El día transcurre como cualquier otro, con las ventanas del
sistema operativo de última generación abriéndose
en la pantalla de su ordenador y llevándolo a rincones cada
vez más oscuros, a lugares recónditos donde no hay
más que nada, un pedazo de nada punzante como las hojas del
acebo que, como cada año, se secarán en el centro
de la mesa del comedor de casa de sus padres a la espera de la llegada
de una nueva (pero ya conocida) navidad.
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