7 de enero de 2008
El regreso

Ha pasado ya una semana desde la nochevieja pero algo permanece en el pecho de Alberto que le impide respirar. No se trata tan solo de ese jirón de hollejo que empapela su tráquea, ya irritada y vencida por las canciones que desentonó la última noche del año y por el frío, la nicotina y ese extraño compañero de viaje llamado ausencia.
Es un embudo de amargura y vacío causado por el regreso a la vida cotidiana, esa suerte de realidad que guía la única ley vital de la que siempre trató de huir: la inercia.

Alberto vuelve dejando en su ciudad natal las buenas intenciones que siempre emanan de la navidad: los abrazos glaseados, las conversaciones cargadas de dulzor y cizaña que revolotean en las cenas familiares y las reuniones con los amigos de la infancia donde pudo constatar que lo único que les mantenía unidos era una incipiente alopecia.

El primer día en la oficina, ya alejado de su condición de hermano mediano y primo carnal, ya muy distante de ser el amigo tímido que siempre suma impar en las cenas, Alberto se agarra al asa de su taza de café solo como si fuera el último clavo que le mantiene unido a un mundo que se le escapa, a una vida que no logra comprender.

El día transcurre como cualquier otro, con las ventanas del sistema operativo de última generación abriéndose en la pantalla de su ordenador y llevándolo a rincones cada vez más oscuros, a lugares recónditos donde no hay más que nada, un pedazo de nada punzante como las hojas del acebo que, como cada año, se secarán en el centro de la mesa del comedor de casa de sus padres a la espera de la llegada de una nueva (pero ya conocida) navidad.


David Barreiro
Periodista