| Itálica ha evolucionado hasta
el punto culminante en el que ahora se halla gracias a algunos hombres
y mujeres que dedicaron su vida al trabajo y a los demás.
Una de las historias que siempre se mencionan para ejemplificar
esta teoría es la vida de Guillermo Arel. Natural de un pequeño
pueblo casi costero pero tampoco interior del levante español,
llegó a Itálica al alba del veinticuatro de junio
de 1955. La fecha no es casual ya que, no lo olvidemos, se trata
de la noche más larga del año. “Si llega a ser
en cualquier otro momento, habría amanecido más cerca
de su casa, en Lopagán quizás, pero el sol no aparecía
por ningún lado y él siguió caminando”
nos cuenta un ya marchito y olvidadizo Alfred Sparc. Zapatero de
formación, pianista de vocación y comunista de acción,
salió a toda prisa de su pueblo para evitar la muerte que
le esperaba detrás de cada esquina bajo el nombre de franquismo
y, en cuanto llegó a Itálica y se dio cuenta de la
libertad y tranquilidad que se respiraba en El país de las
letras inclinadas decidió que allí pasaría
el resto de su vida.
Así fue, para su propia desgracia, ya que cuatro días
más tarde resbalaba mientras oteaba el horizonte desde uno
de los acantilados que bordean Cursivia falleciendo en el acto.
- Estábamos jugando a las cartas, aquí, en el bar,
y oímos su última voluntad con nitidez. ¡Mierda!
gritó. Fue lo último que dijo.
Pero no lo último que hizo porque, a la mañana siguiente,
tras el funeral, uno a uno los vecinos de Itálica continuaron
la procesión hasta la pequeña casa donde Arel había
pasado los tres últimos días de su vida para asombrarse
de que, en ese tiempo, había arreglado un par de zapatos
de cada habitante de El país de las letras inclinadas.
- A mí todavía me duran - dice Sparc al tiempo que
levanta su pie derecho para mostrarnos una suela de zapato nueva
como una ola. Nadie ha trabajado como él en aquellos días.
Nadie hizo tanto por nuestro pueblo.
Es ésta una frase hecha que Sparc dedica a numerosas personas
de las que le han rodeado a lo largo de su vida, pero también
es cierto que Guillermo Arel en solo tres días instauró
un amor al trabajo que, aún hoy, cincuenta años más
tarde, nadie ha olvidado.
- Yo sí - afirma Cecilio Brown, un viejo amigo de barra
y partida de Sparc que solo recuerda lo que le conviene.
- Me debes una copa - me dice, confirmando mis palabras y vaciando
mi bolsillo.
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