28 de enero de 2008
El zapatero

Itálica ha evolucionado hasta el punto culminante en el que ahora se halla gracias a algunos hombres y mujeres que dedicaron su vida al trabajo y a los demás. Una de las historias que siempre se mencionan para ejemplificar esta teoría es la vida de Guillermo Arel. Natural de un pequeño pueblo casi costero pero tampoco interior del levante español, llegó a Itálica al alba del veinticuatro de junio de 1955. La fecha no es casual ya que, no lo olvidemos, se trata de la noche más larga del año. “Si llega a ser en cualquier otro momento, habría amanecido más cerca de su casa, en Lopagán quizás, pero el sol no aparecía por ningún lado y él siguió caminando” nos cuenta un ya marchito y olvidadizo Alfred Sparc. Zapatero de formación, pianista de vocación y comunista de acción, salió a toda prisa de su pueblo para evitar la muerte que le esperaba detrás de cada esquina bajo el nombre de franquismo y, en cuanto llegó a Itálica y se dio cuenta de la libertad y tranquilidad que se respiraba en El país de las letras inclinadas decidió que allí pasaría el resto de su vida.

Así fue, para su propia desgracia, ya que cuatro días más tarde resbalaba mientras oteaba el horizonte desde uno de los acantilados que bordean Cursivia falleciendo en el acto.

- Estábamos jugando a las cartas, aquí, en el bar, y oímos su última voluntad con nitidez. ¡Mierda! gritó. Fue lo último que dijo.

Pero no lo último que hizo porque, a la mañana siguiente, tras el funeral, uno a uno los vecinos de Itálica continuaron la procesión hasta la pequeña casa donde Arel había pasado los tres últimos días de su vida para asombrarse de que, en ese tiempo, había arreglado un par de zapatos de cada habitante de El país de las letras inclinadas.

- A mí todavía me duran - dice Sparc al tiempo que levanta su pie derecho para mostrarnos una suela de zapato nueva como una ola. Nadie ha trabajado como él en aquellos días. Nadie hizo tanto por nuestro pueblo.

Es ésta una frase hecha que Sparc dedica a numerosas personas de las que le han rodeado a lo largo de su vida, pero también es cierto que Guillermo Arel en solo tres días instauró un amor al trabajo que, aún hoy, cincuenta años más tarde, nadie ha olvidado.

- Yo sí - afirma Cecilio Brown, un viejo amigo de barra y partida de Sparc que solo recuerda lo que le conviene.

- Me debes una copa - me dice, confirmando mis palabras y vaciando mi bolsillo.

Relatos posindustriales.
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"Un guionista zurdo y fracasado que enjuaga sus penas en un bar de Chicago, la pareja que comparte los silencios en el sofá después de un viejo día en la oficina, un pianista prodigioso que malgasta su vida como crupier en un casino de provincias, una femme fatale que padece dislexia en los momentos de excitación o un detective que llega a Madrid huyendo de su propia novela".


David Barreiro
Periodista