| Estoy escribiendo una novela. No llevo
mucho tiempo con ella pero sí el suficiente para saber que
me ha atrapado. Desde hace semanas pienso como sus personajes, vivo
en sus casas, trabajo en sus oficinas, tengo sus mismos problemas.
Por más que lo intente, no consigo despegarme de ella y cada
conversación que escucho, cada línea que leo, cada
recuerdo que me llega del pasado, tiene relación con ella.
Ya no estoy para nadie. No sé cómo explicarlo. Imagino
que será una sensación parecida a la que experimentan
los actores cuando crean un personaje. En cierta medida, dejan de
ser ellos mismos. Es la misma obsesión que tienen algunas
personas cuando no consiguen aprobar el carné de conducir
o entran en un círculo vicioso de reformas en su casa.
Estoy escribiendo una novela, digo, que no sé adónde
irá. Lo más probable es que su destino sea el buzón
de elementos no leídos del correo electrónico de un
amigo, o el cajón de la mesilla de noche, o bajo la pata
de esa mesa apolillada y coja que no acabo de tirar porque le tengo
tanto cariño.
Estoy escribiendo una novela, repito, y cada palabra que dejo sobre
el papel sé que ya no me pertenece, que ya la he perdido
para siempre.
Porque escribir es, sobre todo, destruirse, morir.
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