| La luz mineral de los instantes previos
al amanecer merma las pupilas de Marta, enrojecidas tras varias
horas de humo y alcohol, después de varias semanas de leer
los apuntes fotocopiados de Isabel, la aplicada alumna de la primera
fila cuya inteligencia sólo es comparable a su mala letra.
Marta ancla sus meñiques a los meñiques de Marcos,
el chico del que está enamorada y a quien se agarra esta
mañana de viernes en que el repartidor de periódicos
deja tras la cancela las noticias de este día soleado y frugal
de mediados de febrero. Ambos se regalarán los últimos
besos con sabor a garrafón y se retirarán entre bostezos
a dormir en sus residencias universitarias. Caminarán con
la cabeza protegida del sol tibio pero pertinaz de la mañana,
en dirección contraria al resto de la gente que abre tiendas,
bufetes y agencias de seguros, que lucha por un porvenir que no
llegará.
Es el amor con todas las letras y consecuencias: con el acaloramiento,
las prisas y la diarrea. Es el amor puro y chabacano, la calderilla
en los bolsillos de los vaqueros y los zapatos encharcados no de
la lluvia bajo la que aún no se han besado sino del agua
del servicio de limpieza del ayuntamiento.
Aún compartirán muchas noches de colas y arritmias
en los bares de la ciudad de piedra, algunos cafés cargados,
varios exámenes y un par de discusiones al uso: tu silencio
ahoga, mis lágrimas no te pertenecen.
Aún no lo saben, pero años después recordarán
aquel amanecer apagado, los periódicos con la historia de
aquel día que los demás olvidaron para siempre y la
voz ronca de una noche plagada de promesas que se rompieron meses
más tarde pero aún permanecen como el último
gesto puro de dos vidas que, poco tiempo después, comenzaron
a girar en dirección contraria y les abocaron al otro lado
de la calle donde hoy abren sin tiempo para bostezar tiendas, bufetes
y agencias de seguros.
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