24 de marzo de 2008
Caer

- Cada uno tiene su particular manera de venirse abajo. El Señor Matthews escogió la línea recta.

No pude ocultar una sonrisa cuando Harry esbozó aquellas palabras sin apenas abrir los labios mientras observábamos el cadáver del vecino del quinto apretado como una postilla contra la acera. El chico del juzgado llegó con un palillo en la boca y la mano entre los pantalones, levantó el cobertor de cuadros con el que la Señora Greene lo había tapado y dijo:
- Aquí sólo hay una cosa en su sitio: la muerte.

El Señor Matthews era un hombre afable, culto, distinguido y toda el séquito de adjetivos que se esperan de un catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Saint James. Lástima de esa querencia por los alumnos de primer curso que lo llevó sucesivamente a un expediente informativo, la portada del Times y el asfalto húmedo de la esquina de Rhode con Beckford.

Una vez concluido el espectáculo, el vecindario volvió a sus cosas: la subida del precio de la escarola, la inundación en el metro, el bullicio desesperado de la adolescencia en la salida del instituto.

Harry y yo nos acercamos hasta el bar de Pete donde Pete ya no es más que un cliente esporádico cuando regresa en navidad de su retiro en el Mediterráneo español. El negocio lo lleva su hijo, Little Pete, que en este instante nos pone un par de pintas y un cacahuete a las finas hierbas con reducción de anisakis:

- Cómo vais muchachos - nos dice con la mejor de sus caras, heredada de su padre.

- Cayendo, como todos - contesta Harry, ya sin un atisbo de sonrisa en unos labios forrados de espuma.

Relatos posindustriales.
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"Un guionista zurdo y fracasado que enjuaga sus penas en un bar de Chicago, la pareja que comparte los silencios en el sofá después de un viejo día en la oficina, un pianista prodigioso que malgasta su vida como crupier en un casino de provincias, una femme fatale que padece dislexia en los momentos de excitación o un detective que llega a Madrid huyendo de su propia novela".


David Barreiro
Periodista