| - Cada uno tiene su particular manera
de venirse abajo. El Señor Matthews escogió la línea
recta.
No pude ocultar una sonrisa cuando Harry esbozó aquellas
palabras sin apenas abrir los labios mientras observábamos
el cadáver del vecino del quinto apretado como una postilla
contra la acera. El chico del juzgado llegó con un palillo
en la boca y la mano entre los pantalones, levantó el cobertor
de cuadros con el que la Señora Greene lo había tapado
y dijo:
- Aquí sólo hay una cosa en su sitio: la muerte.
El Señor Matthews era un hombre afable, culto, distinguido
y toda el séquito de adjetivos que se esperan de un catedrático
de Historia Antigua en la Universidad de Saint James. Lástima
de esa querencia por los alumnos de primer curso que lo llevó
sucesivamente a un expediente informativo, la portada del Times
y el asfalto húmedo de la esquina de Rhode con Beckford.
Una vez concluido el espectáculo, el vecindario volvió
a sus cosas: la subida del precio de la escarola, la inundación
en el metro, el bullicio desesperado de la adolescencia en la salida
del instituto.
Harry y yo nos acercamos hasta el bar de Pete donde Pete ya no es
más que un cliente esporádico cuando regresa en navidad
de su retiro en el Mediterráneo español. El negocio
lo lleva su hijo, Little Pete, que en este instante nos pone un
par de pintas y un cacahuete a las finas hierbas con reducción
de anisakis:
- Cómo vais muchachos - nos dice con la mejor de sus caras,
heredada de su padre.
- Cayendo, como todos - contesta Harry, ya sin un atisbo de sonrisa
en unos labios forrados de espuma.
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