| Escuadra, cartabón, brocha,
pincel de detalles y un cubo lleno de pintura blanca son aperos
demasiado rudimentarios para los tiempos que corren. Augusto lo
sabe. Es consciente de que existe la posibilidad de que cuando llegue
al final de su trabajo el lugar donde comenzó, ese kilómetro
diecisiete de la autopista A-2 necesite una nueva mano de pintura.
Por esta razón, en la furgoneta guarda un catálogo
de sistemas de rociado mediante alta presión que reducirían
el tiempo de ejecución treinta o treinta y cinco veces, según
sus cálculos. En ocasiones siente la tentación de
comprar el más barato de la gama en uno de los centros comerciales
que rodean las ciudades por los que pasa. Sin embargo, algo le dice
que debe hacerlo con sus propias manos, aunque la precisión
sea menor y las probabilidades de ser detenido de nuevo por la Guardia
Civil aumenten.
- ¿Qué coño hace, amigo?
Augusto levanta la cabeza pero sólo ve una silueta recortada
en un cielo que corona un sol sin escrúpulos.
- Pinto.
- Eso ya lo veo.
Ya de pie, Augusto tiene ante sí a un muchacho de poco más
de veinte años vestido con un mono azul desabrochado hasta
la altura del ombligo.
- ¿Quiere agua?
Augusto acepta y el muchacho le pasa una botella de cerveza llena
de agua. Seis tragos después se la devuelve, vacía.
- Aún sabe un poco.
- ¿A qué?
- A cerveza.
- ¡Ah! Ya, no se va por mucho que la aclare, tiene cojones.
Augusto sigue la mirada del muchacho hacia la línea discontinua
en la que estaba trabajando.
- Tengo más en la gasolinera. ¿Le apetece? - dice
el chico sin levantar la vista de la raya blanca.
- ¡Bueno!
Augusto recoge las herramientas y ambos se suben en la furgoneta
para recorrer en punto muerto los doscientos metros de ligera pendiente
que los separan de la gasolinera. Durante el trayecto Rubén
se sobrecoge por la penetrante mirada de la mujer que posa sonriente
en una fotografía pegada en el salpicadero y deteriorada
por la luz del sol y el paso del tiempo.
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