| Alejandro González era uno
de los peores escritores que uno se puede imaginar. A pesar de su
tesón, sus siete horas diarias dedicadas a las palabras,
su continua revisión de los clásicos y esa tendencia
a aplicar las técnicas más novedosas a su escritura,
nadie conseguía entender qué demonios quería
contar en sus novelas.
Cierto es que de joven había ganado algunos concursos regionales
pero, cuando decidió dedicarse por entero a la literatura,
todos sus defectos salieron a la luz como caracoles tras la lluvia.
Esta metáfora es suya, para que vean su ínfimo nivel.
No sólo tenía problemas de ingenio sino que no respetaba
algunos criterios básicos del lenguaje narrativo. Así,
su primera novela larga eran unas memorias de un viejo pescador
aquejado de alzheimer. Como se imaginarán, todos los capítulos
eran iguales. Aun así se convirtió en novela de culto
entre lectores posposmodernos y un editor decidió publicarle
su segunda obra.
En su primera reunión, sin embargo, vio las dificultades
que tendría en cuanto Alejandro le explicó cómo
había decidido enfocar su primera novela: un hombre va a
mojar un sobao pasiego en el café y de pronto recuerda su
vida.
- Eso me suena - le dijo el editor.
- Hay algunos referentes en la literatura cántabra, es cierto,
pero nada exactamente igual.
Aun así, En busca del tiempo perdido. Por el camino del Pas
se publicó en una mínima tirada. No se vendieron más
de cincuenta ejemplares y entonces el editor tomó cartas
en el asunto.
- Ya no eres Alejandro González, sino Alex Gonz y desde mañana
no te afeitarás.
Así lo hizo y en la segunda edición se subió
a lo más alto de las listas de ventas.
Ya preparan su tercer trabajo: La mejor novela de la literatura
universal.
Es cuento de siete páginas.
- ¿Por qué ese titulo? - le pregunté.
- Estoy trabajando en la hipérbole - me dijo, atusándose
la barba.
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